viernes, 12 de septiembre de 2008

Cuarenta


¡Joder! Me encuentro ante un dilema. No sé si alegrarme o morirme de asco, tras cumplir, hace un par de días, cuarenta años. No hablo de la famosa crisis de los cuarenta, la verdad. Ésa la viví hace un par de años. Eso significa que me llevo… ¡dos años de ventaja a mí mismo!

No. Lo que quiero decir es que no sé si alegrarme o quejarme a gusto, como hace la gran mayoría de la gente; y lo hace así, con tal de tocarle los huevos a la humanidad. Y tendría todo el derecho del mundo, ya que, yo, quejarme, lo que se dice quejarme, no lo hago mucho. Asumo, protesto, me convierto en el “pitufo gruñón” (NL dixit), pero no me quejo.

Supongo que no lo hago porque no cambiaría ni un ápice de mi vida. Nada. Me volvería a meter todas y cada una de las leches que me he metido. Repetiría cada uno de los errores (y son muchos), con tal de estar donde estoy hoy. A pesar de los pesares.

Quiero alegrarme y seguir fardando de edad y de experiencia. Pero lo hago, pequeños saltamontes, porque me gusta reírme un poco de vosotros. Porque la experiencia es una falacia; una mentira dogmática tan falsa como el mármol de una iglesia. Es un culto hedonista por el que el empeño atávico a tropezarse una y otra vez sobre la misma piedra se convierte en sacramento, al que los pequeños saltamontes acuden, como rito espiritual, con el único fin de poder también hacer lo mismo, una vez cumplido el Gran Sacrificio, la Prueba Única: el haber aguantado durante años a los viejos cascarrabias como yo.

Si eso no es ser dios, es sin duda lo que más se le acerca. Encima, no te hace falta demostrar tu poder. Los saltamontes creen. Punto. Dogma. Misterio de la fe.

Si todo esto me da ganas de ensalzarme aún más ante vuestros ojos, todopoderoso, por otro lado, me doy cuenta de todo lo malo que conlleva llegar al país de la “mediana edad”.

Es molesto levantarte una mañana y descubrir que tienes una extraña sensación, tan cercana al horroroso sabor de boca (acompañado por el correspondiente aliento) de una resaca. Pero es que es así. Porque sabe (y huele) a ¡victoria!

Has cumplido con tu cometido. Te despiertas y miras a tu lado y descubres que la belleza existe. Con tu mismo sabor de boca (y aliento…), la belleza descansa a tu lado y ha conseguido que descansaras, pasara lo que pasase, independientemente de la hora a la que te acostaste y de la mierda que te tragaste el día anterior. Mierda en forma de liquido adulterado y, por encima de todo, mierda metafísica.

Te das cuenta de que te estás convirtiendo en un “sensiblón” (Blunt dixit) y que, ¡joder!, te mola Viva la vida de Coldplay. Te encanta. Hasta he declarado que es una canción para la historia. Es la señal. Algo falla. Algún engranaje (como es normal a los cuarenta) ya no gira con la misma precisión. O, es posible, percibes una extraña luz que sigues por inercia; luz que te lleva al siguiente nivel catártico, por el que Sonic ya no persigue anillos esparcidos por el camino. Ya le has ganado al chiflado profesor.

¡ES QUE COLDPLAY NO ME MOLABA UNA MIERDA! Y ahora tienen la canción del siglo… Dios, perdóname, te lo ruego. Y cuando hablo de Dios, me refiero al único: Eric Clapton (época Cream, of course). Clapton is God, para los ignorantes. Luego, claro, me doy cuenta de que Dios, en su sabiduría inmensa e infinita, ya me mostró el camino, que yo no entendí en su momento, cuando grabó con Baby Face (¡manda cojones!). Change the World, decía la canción… Por algo sería. Supongo que es la teoría del caos, en su variante MPEUP. ¡Sí! MPEUP. Es una ley de la física que explica lo inevitables que son las cosas. Es la ley de la MIERDA PINCHADA EN UN PALO.

Así que por la Ley de MPEUP, hasta Factor X tiene su sentido. Y me convierto en un ser tolerante, menos bronco, más abierto ante las posibilidades que me brinda la alimentación por medio de líquidos pastosos a base de sucedáneos de verduras y legumbres. Empiezo a vislumbrar la magia tras los anuncios de Ocaso. Pero, más grave aún, siento un escalofrío recorrer mi espalda. Es la reacción epidérmica al hecho de que mi balance, de momento, no está en números rojos. Al revés. Estoy satisfecho. Porque, con alguna que otra cicatriz y un poco de suerte, la belleza sigue allí, todas las mañanas, dormidita a mi lado.

Pero, a pesar de que mi corazón se haya ablandado (¡puto Coldplay!), no quiero que los pequeños saltamontes se hagan muchas ilusiones. Al final, esto es un cóctel. Y de los buenos, amargo y dulce, como manda la receta. Estáis invitados.

martes, 1 de julio de 2008

¡Va por Ustedes!

Bueno, voy a aprovechar la ocasión para postear después de tantos meses de inactividad absoluta, debida a las miles de cosas que he tenido desde enero. Vamos, creo que la ocasión lo merece, ya que a uno no le despiden todos los días.

Efectivamente, después de cuatro años y medio de duro trabajo, la empresa por la que trabajaba decidió, la semana pasada, prescindir de mis servicios. La pena es que se les olvidara avisarme. Si no llego a llamar yo para saber por qué no había cobrado mi para nada merecido sueldo (según parece…), no me entero de que estoy en la calle.

Ahora, empieza una nueva etapa personal y, por supuesto, profesional. Personal porque voy a adentrarme en el maravilloso mundo de las demandas judiciales. Profesional, porque creo que ha llegado la hora de dedicarme a todo lo que realmente me gusta, sin miedos y sin los reparos típicos de “¡joder! Hay que comer…”.

Lo que sí me acompañará siempre es la lista increíble de mensajes de solidaridad recibidos en menos de 24 horas. Hasta con aquellos con los que no hablaba desde hace tiempo han tenido tiempo para pegarme un toque, mandarme un mail o escribirme un sms. Un detalle, pero de ésos que te llenan por dentro.

Así que me siento bien, a pesar del palo recibido y del método empleado por mi ex empresa para deshacerse de mí. Esta mañana me he despertado pensando “¡qué bien! No tengo que abrir el correo electrónico…”. Pequeñas satisfacciones, señales de que las cosas sólo pueden ir mejor. Me siento libre…

Por último, este italiano quiere felicitar a todos los españoles por el magnífico triunfo de la Roja en la Euro 2008. Ha ganado el mejor y es bonito ver cómo la gente se deja llevar por las celebraciones y la alegría. ¡Disfrutad!

miércoles, 23 de enero de 2008

Por lo menos, todavía me queda mi música…




Éste no es un auténtico homenaje. Hace un par de días murió Bobby Fischer. Supongo que, para algunos, este nombre no significa mucho. Fischer fue el mejor y más excéntrico jugador de ajedrez que el mundo haya conocido jamás. Ni el propio Garry Kasparov se atrevería a compararse con él, aunque haya tenido todavía más éxito que este americano, hijo de judíos alemanes.

Fischer rozaba la locura. Se permitió el lujo de no participar en un Torneo de Candidatos al título mundial por el mero hecho de que una de las partidas se iba a celebrar en Sabbath, y, años más tarde, imprecar con frases claramente antisemitas.

Fue un niño prodigioso. Fue el Gran Maestro más joven de la historia del ajedrez. Destacaba también cuando perdía. En un torneo en Buenos Aires, en el que, la verdad, su actuación fue opaca (pero era todavía muy joven), un aficionado le felicitó por su victoria, alegando que fue una gran partida. Fischer le contestó “y tú ¿cómo lo sabes?”. Estaba claro que se refería que nadie en este mundo podía entender su ajedrez.

Este personaje intentaba mantener su cordura delante de un tablero. Regaló a todos los aficionados de este deporte (sí, es un deporte) algunas de las más increíbles y memorables partidas. Lo suyo era arte. A lo mejor, su ajedrez era fiel reflejo de su locura. Pero está claro que sus pensamientos turbulentos se canalizaban en las piezas.

Cuando jugó el Match del Siglo (Campeonato del Mundo de 1972, Reykiavik), perdió sus primeras dos partidas con Spassky; la segunda por no querer jugar ante las cámaras de televisión que le distraían. Luego ganó nueve y se hizo con el título que, en el fondo, era suyo por derecho adquirido. Fue su fin como deportista de élite. Según mi modesta opinión sabía muy bien que nunca hubiese defendido ese título ante nadie. Ya lo tenía. No le hacía falta revalidar algo que le pertenecía.

Qué irónica es la vida a veces. Su título fue, para Estados Unidos, una victoria moral en plena Guerra Fría. Por fin, un occidental rompía la hegemonía soviética en el ajedrez. Y, más de veinte años más tarde, ese mismo hombre y símbolo de su país se convertiría en uno de sus mayores críticos.

Esperpéntico, odioso, maleducado, presumido. Pero, sin duda alguna, un poeta con el tablero, maestro entre maestros de la Ruy López o de la Siciliana. Reproducir una partida de este hombre es como entrar, de alguna forma, en sus pensamientos y descubrir qué difícil es entender la mente humana. En el fondo, luchaba contra él mismo.

Recuerdo leer una de sus partidas, cuando él tendría unos quince o dieciséis años. Era una simultánea con no sé cuántos oponentes. Ésa fue memorable porque ganó con un precioso sacrificio de Dama. Ni despiste del adversario ni error ni nada. Sencillamente, una jugada que nadie vería.

Supongo que perder contra él tenía que ser algo normal. Como dijo Taimanov, Gran Maestro y conocido pianista de la época, tras ser vapuleado por Fischer, “por lo menos, todavía me queda mi música”.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Muere, Navidad

Se acerca la Navidad, ese momento en el que nos dejamos llevar por viejas leyendas que nos hablan de hechos ocurridos hace más de dos mil años. Nos dejamos embaucar por el mito de amor, paz y alegría. Somos incapaces de ver que el marketing eclesiástico, místico, nos lleva por la senda equivocada.

Nadie se acuerda de la gente que sufre en el día a día. Nadie piensa que tanto despliegue eléctrico supone una herida para aquel que no puede pagar el recibo de la luz. Nadie piensa en que alguien se ha quedado sin medios para sustentarse, justamente en esta fechas tan deliciosas, como el mazapán.

No, la culpa no es de nadie. Nadie es responsable de que haya gente perdida en el olvido, y de que esa metáfora tan grotesca de buscar un lugar donde quedarse y dar a luz es la parodia de lo que le ocurre al que busca su gruta todos los días. Sin estrella por encima que guíe a los Reyes Magos, a los pastores, a las ovejas.

Todo ocurre de golpe. Con un simple interruptor, la bondad se ilumina y la gente sonríe. Miles de niños se acercan a ver el espantoso espectáculo de muñecos deformes bailando sobre un techo, construido con dinero, fajos de dinero. Y nadie hace nada. Nadie lo para. Nadie agarra por el brazo al niño y le indica que eso está mal. Es más asqueroso y perverso que una película pornográfica, donde, al menos, algo real se puede ver, entre tanto gemir y vómito de semen.

Es un grito desesperado el que se debe escuchar. Porque cada signo de felicidad y placentero estar en familia es un navajazo en el estómago de mucha gente, más de la que podamos imaginarnos. Los hay que pasan sus peores vicisitudes en Navidad. Siempre, de forma tan periódica y exacta como la fiesta en sí, que, inexorable, no falta a la cita de cada año.

Entre tanta porquería y tanto asesinato de inocentes gestos cotidianos, ¿por qué alguien no mata a la Navidad? ¿Por qué no acaba con ella de una vez de una forma tan implacable como lo es ella?
Ya sé. Es que los seres humanos, de fe cristiana, son buenos en Navidad...

lunes, 22 de octubre de 2007

Domingo


El joven párroco no se esperaba tener que doblar las campanas ayer. Él no estaba para nada acostumbrado a eso actos festivos que su antecesor había convertido en una tradición para el pueblo de Maranello. Pero, de repente, pensó “¡qué narices! Yo también quiero entrar en la historia”.

Un hombre, ya casi en sus cincuenta años, conducía rápido por la autopista en su coche familiar, con un enorme corazón rojo atado a su techo y una hija nerviosa mirando el reloj: “papa, no llegamos…” Pero llegó, a las seis menos diez de la tarde.

La alcaldesa de Maranello decidió, no se sabe muy bien por qué, apuntarse a la retransmisión en el auditorio municipal. No imaginaba tener que atender a los medios de comunicación después de la carrera. “Estoy orgullosa… Qué alegría, conciudadanos”.

Mientras tanto, en Brasil, un asturiano algo bajito consumaba su venganza. Qué feliz se le veía por haber perdido.

Otro piloto, inglés de orígenes caribeñas, se quedaba callado, perplejo, y no tenía claro si el autor de su derrota era él mismo o ese compañero de equipo tan raro, incapaz de adaptarse al perfecto estilo inglés, que consiste en “yo, inglés, gano y tú, españolito, te callas”.

Por cierto, un arrogante gentleman, de nombre Ron, jugaba su última carta, volviendo a los despachos que tantos favores le habían hecho ese año, incapaz de aceptar la derrota que, debido a su magnitud, se podía comparar al mayor de los éxitos. Unos comisarios, amenazando dimitir todos, le decían “Ron, límpiate el culo con ese recurso”.

Iceman, a todo esto, esbozaba una sonrisa mientras un grupo de exaltados vestidos de rojo le vitoreaban, cantando, a la vez, el Himno de Mameli. Él lo había conseguido. Era campeón del mundo y, sin querer, había vuelto a colocar las cosas en su sitio. La justicia, que no salió de los tribunales, fue otra vez protagonista en una apacible tarde en Interlagos.

Mientras, en Maranello, pequeño pueblo de la provincia de Módena, el cura se preguntaba durante cuánto tiempo tenía que doblar las campanas de su iglesia, el hombre del corazón y la hija inquieta gritaba “siempre que traigo el corazón Ferrari gana” y la alcaldesa disfrutaba de todo ese protagonismo inesperado.

jueves, 11 de octubre de 2007

Genova per noi



"Con esa cara un poco así
Esa expresión un poco así
Que ponemos nosotros antes de ir a Génova
Y cada vez nos preguntamos
Si ese sitio al que vamos
No nos traga y no volvemos más
"


Entender Génova es complicado, empezando por un dialecto extraño, robado en parte al francés y con un acento con vagos matices sarracinos. Perezosamente, Génova se ve empujada por el monte hacia el mar, pero mira siempre hacia el interior. Ciudad obligada a buscar su fortuna en el Mediterráneo, Génova ama profundamente las terrazas esculpidas por estoicos agricultores; terrazas en las cuales crece el olivo, pero sobretodo el baxeicou (la albahaca), su auténtica esencia, única en el mundo y que al buen genovés, fuera de sus calles, le sabe a menta.


"Y, sin embargo, parientes somos un poco
De esa gente que está allí
Que como nosotros es a lo mejor un poco selvática
Pero el miedo que nos da ese mar oscuro
Que se mueve también de noche
Y no está quieto nunca"



Génova, cuya fortuna siempre ha dependido del comercio, es un lugar en el que las putas saben a exótico y los callejones están hechos para el contrabando de transistores y tabaco. Ella se ríe del miedo a lo desconocido, cuando su centro ha estado siempre poblado de africanos, de árabes, de los propios genoveses, ya de por sí seres poco convencionales, que sobreviven gracias a su eterno sarcasmo.

"Génova para nosotros
Que estamos al final de la campiña
Y tenemos el sol en la plaza pocas veces
Y el resto es lluvia que nos moja
Génova, decía, es una idea como otra

………………………………………..
"



Desde su puerto ya casi apagado, se abren calles majestuosas, teñidas por los colores de palacios espléndidos, recuerdo de una burguesía que surgió antes de tiempo gracias al comercio con moros y cristianos. Comerciaba con ambos a la vez, para mantener un justo equilibrio, de forma que siguiesen matándose entre ellos. Porque Génova fue ciudad de dineros.


"Pero esa cara un poco así
Esa expresión un poco así
Que tenemos nosotros mientras miramos Génova
Como cada vez la olisqueamos
Y cautos nos movemos
Un poco vagabundos nos sentimos
"

Los mercados se distinguen por el griterío continuo de sus comercios. Venden fruta, verduras de la tierra y pescado, el poco que queda en un mar pobre, ya agotado. El centro histórico se caracteriza por los paños blancos tendidos encima de cuerdas que unen los edificios, casi fuesen amplificadores de las chácharas de mujeres gordas, que se saludan y se cuentan su vida de ventana en ventana.



"Macaia (1), mono de luz y de locura,
Bruma, peces, África, sueño, náusea, fantasía.
Y mientras en la sombra de sus armarios
Guardan linos y viejas lavandas"




Pero la gente, en Génova, no es abierta con el que viene de fuera. De hecho, no es abierta con nadie y te invita en sus casas raras veces. Cuando lo hace, llegas a conocer el olor intenso de su cocina y escuchas el lento machacar del mortero mientras se hace el pesto. Te das cuenta de que la superstición es lo más importante durante el rito de coser la carne para preparar la cimma, el más querido de los platos, el que se ofrece en las bodas y que el primer corte sólo lo puede efectuar el novio.

"Déjanos volver a nuestros temporales
Génova, a los días todos iguales
En una inmóvil campiña
Con la lluvia que nos moja
Y las gambas rojas son un sueño
Y el sol es un relámpago amarillo en el parabrisa"


Sin embargo, cuando has visto Génova, al irte no puedes evitar sentir cierta melancolía. Echas de menos ese parloteo musical, cínico y ruidoso. Te preguntas qué es lo que se esconde detrás de esos muros renegridos por la salada humedad que viene de la costa. Te queda la impresión de no haberlo visto todo. Sobre todo, piensas que no lo has entendido todo.


Recuerdas la Lanterna, el faro de Génova, su símbolo que todo el mundo conoce y que el emigrante se lleva hasta la tumba, como cuenta la tradición. Es una ciudad de paradojas, en la que se une tristeza y alegría en una risa contenida, que sólo deja traslucir la ironía. Génova es la queja continua por el tráfico, en una ciudad donde el tráfico nunca ha tenido cabida. Porque sus calles llevan al monte, donde su gente se pierde y se encuentra con sí misma, con su tierra, dándole la espalada a ese mar, socio por conveniencia y necesidad, pero que muy poco le ha regalado a Génova y, lo poco que le ha dado, se lo ha quitado.


"Con esa cara un poco así
Esa expresión un poco así
Que tenemos nosotros que hemos visto Génova…

………………………………………..
"

Canción: Genova per noi
Música y letras de Paolo Conte (la traducción chapucera es mía).
[1] Calma chica (ausencia de viento en el mar) de Siroco (dialecto genovés).

lunes, 8 de octubre de 2007

Voz de los olvidados



Voz de crooner, de lúgubres recuerdos; voz de bourbon o de lamentos, pero, sobre todo, la voz de los olvidados. Éste es Tom Waits, el hombre que habla de los que no se ven, ni tienen fuerza para salir de una escabrosa existencia, que, en el fondo, es la nuestra, la de todos los días.

Sus personajes tan peculiares, que nos cuentan, más que sus miserias, sus intentos de alcanzar una cuanto menos extraña felicidad. Son famosas sus canciones de amor, en las que mezcla la ironía y la pasión. Una pasión desteñida por el desencanto de la gris realidad de la fábrica, del “diner” en el que la camarera te sirve el café llamándote “cariño”.

I'll shoot the moon right out of the sky for you, baby… canta Waits. Dispararé a la luna en el cielo para ti, baby. Qué frase más hermosa; qué regalo más original para una mujer. Con toda la dulzura del mundo, el triste enamorado promete a su amada ser los peniques que le cubran los ojos, símil tremendo de una mujer tumbada en su ataúd con las manos cruzadas en el pecho y dos monedas en sus ojos cerrados para siempre.

Tom Waits que nos habla de promesas rotas de un amor eterno, que de eterno no tenía más que un momento breve de ternura, pero qué inocente es ella mientras duerme.

Hoy hablo de Tom Waits, porque es un día raro, de ésos que uno no sabe muy bien por qué pero se levanta sabiendo que algo pasará. Ha pasado y tengo ganas de reflejarlo, de la misma manera que lo hace Waits, para tener presente que nuestros gozos, nuestros triunfos, al final, se ciñen a un elemental y pueril hecho banal y trivial, que nos llena de sentimientos, mientras el resto del mundo sigue igual.

Como el viejo sin techo de la obra de Gavin Bryars, que, cantando en un loop eterno Jesus’ Blood Never Failed Me Yet, es acompañado por el coro de Waits. Al principio, la voz de Waits entra tímida para crecer ensalzando la otra voz, la de un hombre sin nada pero con tanta esperanza dentro.

Parecerá patético, pero es símbolo de nuestras vidas, en las que luchamos y nos rendimos ante nuestras propias estupideces. Y, cada vez que algo bueno nos ocurre, encontramos una indicación que nos devuelve al camino que sabemos que tenemos que seguir, hasta la siguiente vez que lo dejamos, para luego lamentarlo.

La voz de los olvidados nos cuenta lo que somos, sin juzgar. De hecho, es nuestro cómplice en la lucha por quitarnos la mierda de encima. No nos empequeñece, nos hace más humanos y menos atados a los monstruos de la moral barata (Chocolate Jesus, gran canción…). Total, para buscar excusas tontas, ya estamos nosotros y no necesitamos nada más.

Os dejo una pieza de Waits, justamente Innocent When You Dream. Es espléndida su crueldad tan tierna. Qué bello es ver a alguien dormir ingenuamente cuando sabes que la has traicionado conscientemente. Quién no lo ha hecho alguna vez…