Es oficial. Fernando Alonso será, al fin y tras rumores que han durado casi tres años, piloto oficial de la scuderia Ferrari. El Cavallino Rampante, por segunda vez en su historia, contará con un piloto español, en este caso el mejor de la parrilla actual. Un matrimonio anunciado, con el beneplácito del Santander, próximo sponsor oficial del equipo de Maranello.
Tras todo lo ocurrido en el pasado, me gustaría desearle suerte a Alonso. Formará parte de algo único, indescriptible, y le seguirá una pasión que nunca ha conocido antes. También le insto a asumir una responsabilidad que se le supone a todo piloto en rosso, porque formará parte de la leyenda del automovilismo mundial.
Ferrari es el motor que hace vibrar a niños y mayores, en toda Italia. Es una fe. Es un ruido ensordecedor que hace que todo italiano recuerde la poesía de un doce cilindros que ya pasó a la historia. Es un cura enloquecido que dobla las campanas cada vez que una Rossa llega primera a la meta.
Los que adoramos Ferrari queremos pilotos que lo den todo y más. A Felipe Massa le perdonamos los fallos porque, si hace falta, se la juega. A Kimi Raikkonen no le quisimos nunca, a pesar de ser mejor que el brasileño; le respetamos y le estamos agradecidos por un título ganado in extremis. Pero nada más. Sin embargo, nosotros vivimos por Gilles Villeneuve, por Enzo Ferrari, símbolo de una Italia en reconstrucción, pero que forjó la leyenda que todos admiran.
Pesa mucho, la Rossa. Es un coche difícil de conducir porque te acompañan 60 millones de personas. A lo mejor, no lo celebramos como una victoria de la selección de fútbol. A lo mejor, es que lo llevamos mucho más adentro. Y, a pesar de que la Fórmula 1 actual es un soberano coñazo, cuando vemos a un piloto subido en ese bólido, derrapar por sacarle una centésima más, no podemos evitar vibrar con él.
Forza Alonso! Forza Ferrari!
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miércoles, 30 de septiembre de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
El mismo silencio de siempre

Una imagen. Un coche empotrado contra un muro de neumáticos verdes. Un casco amarillo, ligeramente inclinado hacia adelante. Inmóvil. Detrás del coche rojo, el rastro de goma, dos líneas negras en el asfalto, rectas, sin señales de reacción, aparte de una ligera frenada.
Se acercan los comisarios. Miran, llaman por radio. No se atreven a tocar nada. De hecho, no se atreven ni a mirar más de lo que ya vieron.
Un zumbido en mi cabeza. Es un recuerdo, lejano: Senna. El silencio, como siempre; como siempre ha ocurrido en estos casos. Una idea horrible. Ese silencio presagia muerte.
Llega un Mercedes plateado. Baja alguien. Comprueba la situación.
Después, un par de comisarios levantan una lona para que nadie vea cómo extraen al piloto del coche. Será una medida inútil. Veremos su ojo tumefacto en todos los periódicos online. Veremos que el terror está impreso en la única pupila abierta. Pero eso vendrá después.
Las primeras noticias. está consciente. Se mueve. Habla, en fin, está vivo.
Llega la eterna y más que repetida repetición de un muelle que bota en el asfalto para chocar contra el casco del piloto. Luego, al audio nos permite escuchar cómo el piloto, ya desmayado, pisa tanto el acelerador como el freno, cómo se salta la curva para seguir recto, mientras la potencia de su monoplaza va disminuyendo. No lo suficiente, pero, por lo menos, el choque contra las protecciones no será tan duro.
Las manos pegadas al volante, hasta el choque, cuando esas manos se caen sin prácticamente vida y la cabeza golpea el volante y los miles de botones que lucen, como si fuera el mando de la play.
Después de Surtees jr., la muerte ha vuelto a sobrevolar las competiciones automovilísticas. Creí que habíamos perdido a Felipe. Pero no. Esta vez, no. Un susto, nada más. Pero ese silencio hacía años que no lo escuchaba. Es el mismo de siempre.
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