Siempre he tenido un interés especial por la formación. Especialmente en esta etapa de mi vida, en la que mi formación (formal) se acabó hace tiempo. Hoy, mi aprendizaje proviene, en gran parte, de los nuevos profesionales, los jóvenes que arrancan en cualquier industria o profesión.
Acabo de estar con un grupo de ellos y tengo que admitir que mi admiración es aún más fuerte. Los escucho hablar y me doy cuenta de que algo bueno está pasando. Tengo que admitir que soy una persona bastante crítica con los que empiezan (pero me llaman pitufo gruñon...), pero es porque me enfado al constatar, a veces, que un joven profesional (entre 25 y 30 años) se pueda acomodar o decida dejar de lado su creatividad. Y el grupo con el que me encontrado me ha callado la boca y me siento muy contento por ello.
Estoy firmemente convencido de que la formación, la educación, hoy debe ser una forma de compartir el conocimiento por parte de una generación que ya tuvo la oportunidad de cambiar las cosas con la generación que la va a sustituir. Es un aprendizaje que no puede tolerar ya el adoctrinamiento. El concepto de cátedra, en el año 2009, es algo inaceptable, por el sencillo hecho de que la cátedra la debe ocupar el alumno. Yo, profesor (no hablo de mí que no lo soy), te digo lo que he hecho, por qué lo he hecho y de qué manera. Ahora, tú, alumno, tienes que plasmar sobre mis conocimientos los tuyos, lo cuales se imponen. Porque es ahora cuando te puedes equivocar. O mejor, cuando el nuevo experimenta y, sin duda alguna, mejora lo existente.
El mundo, tal y como lo conocemos, ya cambiado de una forma tan radical que es imposible imponer el conocimiento. Éste se comparte y se modifica, porque se avanza. Es mi generación la que tiene que aprender, ahora, para no quedarse fuera de juego. Y el educador se convierte en un provocador y estimulador de ideas, de experimentos. Los supuestos sabios, los gurús, no tienen otro remedio que aceptar que el que viene, lo hará mejor. Por pura evolución. Restringir la capacidad de probar y arriesgar es un error tan grave y absolutamente imperdonable en la educación actual. Por eso mismo, hoy hablamos de edupunk. Porque ha empezado la era de aprender de verdad.
Además, siempre he considerado que el papel del educador es crucial, tanto que es una aberración que a los profesores y maestros se les pague menos que a los banqueros, a los financieros, a los grandes empresarios. El educador tiene que proteger el valor más importante de nuestra sociedad: las nuevas generaciones. Si se pudiera mejorar el sistema, en este sentido, fomentando la educación como el gran laboratorio de ideas para mañana, posiblemente nos ahorraríamos, en cierta medida, el proliferar de la xenofobia, de la intolerancia, de la violencia.
Por favor, a los de mi quinta, y a los que tienen algún que otro año más que yo, un consejo: escuchad lo que aportan estos jóvenes, a veces acojonados, otras demasiado lanzados. Es gratificante conocerles.
Puede que éste sea un post de viejo, pero no lo creo.
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martes, 25 de agosto de 2009
miércoles, 8 de julio de 2009
Educación... ¡ante todo!
Image by Darwin Bell via Flickr
En esta gran aventura en la que me he embarcado (crear una agencia de marketing y comunicación), he podido confirmar una de mis teorías: lo primero es educar al cliente (o potencial cliente). Realmente, estamos hablando de educación (las bases) y formación (el progreso). Pero hay que hacerlo, no queda más remedio.
Vivimos bombardeados por una sociedad de la comunicación que ya no tiene límites. Los mensajes son muchos y, a la vez, confusos. Esto significa que oímos hablar de Internet, de las redes sociales, de cómo todo esto ha cambiado nuestras vidas y nuestra forma de comunicarnos con el exterior.
Bien. Yo digo, la comunicación sigue basándose en el mismo concepto: una necesidad básica para cualquiera (seres humanos, empresas, ideas). La gran diferencia es que hoy, lo quieras o no, los demás comunican por ti, especialmente si eres pasivo a la hora de participar en la transmisión de tu propio (con lo cual, de tu propiedad) mensaje.
Si uno lo piensa detenidamente, la palabra sigue siendo el elemento primario dentro de la comunicación. Es el elemento más pequeño de un organismo multicelular y multimedia. Lo que pasa es que el organismo en sí se ha desarrollado aún más. Hoy puedes hablar, escribir, fotografiar, grabar en vídeo, etc. ¿Qué es lo común para todos estos elementos? Pues la palabra, claro. A lo mejor, ahora la llamamos etiqueta, tag, keyword, etc. Eufemismos para lo mismo: palabras. Es la única forma que tenemos, a lo largo de toda nuestra evolución, por cierto, de discernir un mensaje de otro, una diálogo de otro. Por eso, la comunicación sigue basándose en el uso de la palabra.
Por eso, cuando me planto ante un potencial cliente;, alguien quien, se supone, va a contratarme para comunicarse, tengo la obligación de educarle (por supuesto, no siempre). Tengo que alejarle del concepto equivocado de las perlitas que brillan, de todas esas tentaciones que, estéticamente, serán una maravilla, pero, al fin y al cabo, aportan cero.
Siempre hago la misma pregunta: ¿tú qué quieres comunicar? ¿Qué quieres decirle a los que están allí fuera? Claro está, a veces, no puedo ser tan explícito. Pero a menudo, sí que lo soy. Porque ésa es la base. Da igual lo que hagas, da igual lo que vendas. Siempre tienes que transmitir lo que realmente quieres decir. Más aún hoy en día, que no puedes quedarte sin participar en la conversación global que habla, directamente, ¡de ti!
No me considero ninguna eminencia, lo juro. Pero, tal y como decía hace un par de días, soy un artesano de las palabras y creo que, si no pierdo este rumbo, podré hacer cosas realmente enriquecedoras.
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