
Una capriola, una voltereta, a los treinta y tres años no es moco de pavo. Es un ejercicio más bien de chiquillo y Alex es un niño chico. El aire que él desplaza con ese gesto es aire de amargura que, por fin, se va, atónito, casi sorprendido por la forma en la que debe abandonar el teatro de los espíritus malignos que, hasta esa noche, habían acompañado cada minuto de obrero balompié.
La voltereta la acompaña un grito, teñido de emoción, como la que compartíamos cuando los partidos no se veían por la televisión; los del miércoles, no. Ese acto de alegría nos hace olvidar los campos perdidos de la mano de dios, donde Alex era casi una atracción circense para los presentes, acostumbrados a verle triunfar a 24 pulgadas. Por fin, se confirma. Pagamos el rescate.
Lo que la voltereta nos hace entender es que, sin querer, de manera totalmente inesperada, el infierno nos ha devuelto la misma ilusión de antaño, en ese mismo campo, ahora olímpico, tan chico, de tan gratos recuerdos. Hoy, nosotros no vivimos el frenesí imperial de los colosos, construidos a base de cromos dorados. No. Nuestro sueño es distinto. Vivimos una fiesta colectiva, con las mismas ganas que teníamos al golpear una pelota en alguna cancha de asfalto, al lado de la iglesia, o en un oratorio de la periferia.
Esa voltereta de este niño chico es simplemente la constatación que tanta mierda nos ha devuelto nuestra infancia. Y, cuando eres niño, todo es posible. Absolutamente todo. Por lo menos, Alex puede soñar ser Alex otra vez, nuestro capitán. Con treinta y tres años, casi cojo. Con una voltereta. Da igual.