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jueves, 4 de marzo de 2010

La neutralidad de la red

El link aquí debajo lleva a un vídeo que explica la importancia de la neutralidad de la Red.

La neutralidad de la red

sábado, 20 de febrero de 2010

Éranse una vez los derechos de autor

La distribución de la riqueza entre los seres humanos sigue siendo, muy probablemente, el problema más grave de nuestra sociedad, recién introducida en el siglo XXI. No voy a entrar en materia, pero sí es importante tener en cuenta el agravio comparativo entre personas, en cuanto al acceso a los recursos económicos que representan no tanto el status si no la supervivencia, en la mayoría de los casos, y el desarrollo social y vital.

Sin embargo, si subimos en la Pirámide de Maslow y nos centramos en el supuesto primer mundo, o mundo desarrollado – está claro, bajo un punto de vista estrictamente occidental – notamos que la distribución de la riqueza toma matices completamente distintos y aún más complejos que la mera y trágica tarea de sustentarse nutricionalmente.

En nuestro mundo de algodón, la riqueza es económica, como no, pero la economía, en este caso, transforma en valor (o asset) más cosas que el intercambio más o menos libre de dinero. En las cuentas de cualquier empresa, todo tiene su valor y se considera como asset: bienes inmuebles, recursos humanos, infraestructura, productos, inventarios, etc. No solamente lo que se podría “monetizar”, sino también lo que aporta un valor mucho más delicado, como, y no podría ser de otra forma, la información.

De hecho, en el siglo pasado, la información se convirtió rápidamente en un valor tan intrínseco de la economía que produjo un cambio estratégico en la forma de producirla, por ejemplo, entre los propios medios de comunicación.

Gracias al poder de la información y su valor, se desarrolló inmediatamente una industria, formada por entidades corporativas que se encargan de transportar dicha información de un lado a otro. Emisor y receptor no podían que acudir a los intermediarios para que se les facilitase el transporte de la información.

La logística pasó así de algo rudimentario (el transporte por medios físicos lentos y poco fiables) a un nuevo modelo, basado en distintas plataformas, mucho más rápidas, casi inmediatas y rentables. El éter, el satélite, el cable, las líneas telefónicas, etc.

A finales del siglo XX, llegó Internet, mejorando aún más la distribución de la información en cuanto la velocidad y el alcance de ésta en términos globales de público receptor.

Ya lo sé. Todo esto no tiene mucha relación con los problemas del Tercer Mundo. Por lo menos a primera vista. Pero, si nos detenemos a pensarlo, es muy posible que la conexión sí que exista, ya que, en el mundo actual, la brecha tecnológica hace más patente el desequilibrio entre países desarrollados y subdesarrollados.

Internet, es obvio, arrancó con unas cuantas limitaciones, casi todas ellas técnicas, pero que fueron solucionadas a una velocidad pasmosa. Hasta tal punto que, por cada mejora que Internet proponía, quedaba más evidente su impacto en todas las áreas productivas del tejido macroeconómico.

Internet era, en sus principios, una red de información. Páginas Web de texto, correo electrónico, poco más. Según iba aumentando la penetración de la banda ancha en los hogares y las empresas, Internet se adaptaba, y con ella sus múltiples lenguajes, para incorporar contenido multimedia, auténtico impulsor de la información y de la comunicación.

El paso de Web 1.0 (yo busco una información y la leo y asimilo) a 2.0 (yo busco, comparto, creo y modifico la información) ocurrió, realmente, con el paso de un módem a 52 Kbps. a la banda ancha. Cuantas más cosas quepan en el “tubo”, más fácil es la bilateralidad de la comunicación.

Las llamadas conversaciones comenzaron a producirse de forma espontánea. Facebook, si lo pensamos, nació como comunidad de universitarios. Como todo en esta vida, cuando esta tendencia a la conversación se convirtió en una realidad tangible, pues allí surgió el “negocio”. Aprovecharse de las tendencias, es trivial, forma parte de las técnicas de marketing desde que éste existe.

¿Qué ocurre hoy? Sencillamente, la Red se ha convertido en un medio de transporte de la información para que los usuarios, a nivel corporativo o personal, compartan sus assets (sus valores informativos). Yo dispongo de esta información y la quiero compartir contigo, para que tú hagas lo mismo conmigo. Las generaciones más jóvenes, las que, digamos, han podido crecer en un mundo online, entienden que compartir es lo normal. De hecho, si lo pensamos, es así. Es lo natural. Hasta tal punto es así que los profesionales más jóvenes son hijos de esta forma de funcionar. Además, el medio, al adaptarse, lo facilita.

Pensemos en Google Docs, en los gestores de contenidos tipo Moodle para proyectos educacionales y un largo etcétera. La Red propone una cantidad enorme de herramientas para que el usuario comparta de la forma más transparente posible.

Ahora bien, el usuario comparte todo. Toda la información en sus manos, dentro de su criterio selectivo, es transmitida o, sencillamente, puesta a disposición de su comunidad. Sin embargo, de repente, el usuario se encuentra con que algunos de sus assets, legalmente, no pueden ser compartidos. Es cuando dos conceptos chocan entre sí, de manera irremediable, además.

Lo que no entiende el usuario es que, finalmente, el asset no es suyo. Comparte sus derechos con otros, los autores de esa información. Hasta este punto todo sería razonablemente entendible. El usuario está acostumbrado a compartir derechos de autor de forma gratuita, ya que lo que él o los miembros de su comunidad crean es algo que crece de manera colectiva, sin demasiados problemas de reconocimientos, porque el asset se convierte en un bien de la comunidad y no del individuo.

Lo chocante para el usuario es la prohibición para compartir, si no es a través del pago de los derechos de autor. Ahora es cuando el usuario se siente privado de su derecho a compartir libremente en su red de contactos.

El actual sistema de gestión de los derechos de autor poco tiene que compartir con el mundo online. De hecho, no está pensado para compartir. Ha sido desarrollado para cobrar. Mucho más que para velar por los derechos en sí.

El asset obra, como tal, no es protegido por la amenaza de que pierda su autoría. La entidad gestora, en un sentido general, cobra por el uso. Si el contenido luego pierde su autoría, la protección es ineficaz e inexistente.

Desde los primeros soportes de grabación, nunca se han desarrollado soluciones convincentes para evitar la piratería. A la cinta magnética se le aplicó un canon, como al CD y al DVD vírgenes, o a los discos duros y demás soportes digitales. Como la entidad no puede hacer nada para proteger la obra, lo único que intenta es cubrirse las espaldas cobrando de antemano por el supuesto uso fraudulento.

Mientras tanto, el usuario no entiende de copia o de duplicación. La copia no existe, sino que se propaga el contenido a través de Internet y punto. Llamémoslos bits, ficheros, sistemas de compresión, envoltorios o metadatos, pero la copia en sí ya desaparece.

¿Cuál es el problema real? Es evidente que el nuevo paradigma de sociedad de la información, conectada entre sí a todas horas y en cualquier lugar, nada tiene que ver con los esquemas antiguos de protección de derechos de propiedad intelectual.

La Red se ha desarrollado en un entorno de colaboración, mientras que los productores de contenidos y de información de siempre usan aún sistemas basados en la propiedad. En la Red, todo es de todos, en el entorno offline es de unos pocos.

No es una cuestión de justo o equivocado. Éste es el mayor de los errores que se suelen cometer. Nadie dice que el modelo Internet sea el correcto. De hecho, Internet no tiene un modelo, ¡tiene miles! Porque, realmente, Internet es el reflejo de miles de situaciones, comunidades y economías. Por eso, el entorno online agrega y no disciplina.

Al final, y con perdón por la vulgaridad, la putada es que o te amoldas o estás fuera de juego. En la pirámide de las necesidades de Internet, compartir es básico. Si no apuestas por un modelo de negocio colaborativo, no tienes ninguna oportunidad.

¿Cómo conciliar los dos mundos paralelos? Es imposible. Directamente, no existe una manera racional de que el usuario deje de compartir de forma gratuita ni hay manera de que el actual esquema de recaudación de derechos de autor pueda cuajar en la Red. Habría que empezar desde cero, pero empezando por incluir la palabra “gratis” entre las posibilidades de reproducción, copia y descarga.

Ya. Pero ¿qué pasa entonces con las actuales tiendas de contenidos online? Ésas sí que funcionan y no pone gratis en ningún contenido. Es que, en el fondo, es la prueba de que la diatriba se basa en una falacia. Si hay mercado, hay economía. El quid de la cuestión no se halla en que el usuario compre o no compre. El problema es que hay que aceptar que lo que compra es suyo, al 100%. Si el usuario compra una canción online, quiere, pretende poder compartirla luego con quién le dé la gana, sin costes adicionales, porque la considera verdaderamente suya. Es absolutamente inviable que al usuario se le exija seguir pagando una y otra vez y que, además, todo el proceso recaiga sobre él. Porque ¿quién se dedicaría a hacer el seguimiento de lo que el usuario hace con el contenido una vez que lo ha comprado?

Lo que pasa es que las instituciones se ven obligadas a legislar basándose en la presión que ejercen las industrias existentes. Es decir, un Gobierno se siente con la responsabilidad de proteger al tradicional sector de la producción de contenidos, porque es el que existe desde prácticamente siempre. Además, como una cosa afecta a la otra, también tiene que intervenir porque, por proteger los derechos de unos, está desequilibrando los de otros, por ejemplo, las empresas de telecomunicaciones, que son las que dan el acceso al mundo online.

Al que menos se protege es al usuario final, porque no se considera de igual manera como asset. Es más fácil identificar como asset a una industria que al consumidor. Bien, este razonamiento, en el fondo, lo que consigue es una legislación totalmente aséptica, basada en parches, y que, en ningún momento, asume que lo que está ocurriendo es que el mercado en sí ha cambiado. Se está favoreciendo la conservación de algo que no seguirá existiendo de la misma forma, bloqueando así el desarrollo natural de una transformación a paradigmas más actuales.

Lo que se consigue, entonces, es que no se genere auténtica riqueza, basada en modelos de negocio mucho más sostenibles. Es lo que pretende hacer la Unión Europea y, por ende, el Gobierno español.

La creación de contenidos es un elemento fundamental en el desarrollo de Internet. No se trata tan sólo de entertainment, ya que es infotainment. Cualquier actividad económica cuenta hoy con la necesidad de ser interactiva y multimedia. La antigua política corporativa del “éste es nuestro mensaje oficial” se deshizo en los últimos años por completo, para dar paso a la conversación global. Esto significa que los creadores de contenidos se convierten en algo más que autores. Son decisivos porque tienen el know-how necesario para crear información de valor añadido.

Es la comunicación que se convierte en multimedia. Y el usuario puede participar o replicar, ya que él también es hoy creador. De hecho, es mejor que nunca, porque, por primera vez, el usuario (en este caso, target) está disponible para interactuar con el emisor.

Por eso, cualquier forma de producción de contenidos se convierte en algo tan crucial para la sociedad que nos obliga a defenderla. El cine, la música, el vídeo, el sonido, la noticia, la radio, en fin, todo adquiere una importancia enorme, ya que dispone de un patio de butacas increíblemente grande. El arte y la cultura, por primera vez, pueden formar parte al cien por cien de la vida diaria en la sociedad actual. Pensemos que todo esto era imposible hace tan sólo 50 años.

Es que, hoy, parece ser que pocos entienden que Internet ha dado vida a una democratización en la comunicación. Y es tan importante su impacto en la sociedad que hasta el término globalización adquiere otros matices, mucho más humanos que la mera aglomeración de mercados. Por eso, el hecho de que la sociedad pueda actuar de manera mucho más eficaz y masiva en su desarrollo permitirá, sin duda alguna, mitigar las diferencias entre zonas geográficas. No soluciona el hambre en el mundo, pero baste con mirar los proyectos de cooperación que se han activado a través de Internet. La ayuda de las tecnologías a través de la conexión entre países desarrollados y zonas de peligro para el desarrollo del ser humano es absolutamente brutal. Y esto es solamente el principio, ya que la tecnología sí que puede acabar con el hambre en el mundo.

Con esto, no estoy intentando crear un falso motivo por el que asociar los problemas del Tercer Mundo con la protección de la propiedad intelectual. No existe esa conexión, está claro. Lo que intento transmitir es que hay que dejar de mirar a Internet como una amenaza, sino moverse y entender que, gracias a la madurez del mundo online, las perspectivas han cambiado.

El impacto sociológico es tan grande que realmente existe un antes y un después de Internet. Es la estructura misma de la sociedad que adquiere formas mucho más abiertas y más solidarias, tanto en su conciencia colectiva como en su forma de actuar, da igual que sea para trabajar, divertirse, estudiar o ayudar.

El productor de contenidos es casi un privilegiado, porque lo que hace es de un tremendo valor. Toda la infraestructura se está generando alrededor de su contenido. Me parece que es motivo suficiente para cambiar de rumbo y dejar de buscar la mera recaudación. Seguro que la rentabilidad está en otro lado.

Porque lo que el productor de contenidos no ve, o prefiere ignorar, es que es posible que se quede fuera. Lo que significaría su muerte empresarial. Porque, ya en la actualidad, está surgiendo una industria cultural paralela, que no basa su modelo de crecimiento en los derechos de sus obras, sino en la participación con el entorno. Son los nuevos e incipientes actores y, probablemente, son los que se resistan, dentro de unos años, a cambiar de este modelo actual al siguiente.

Es la normal reacción del usuario al ver cómo se le impide compartir y colaborar. Los nuevos operadores son igualmente usuarios, gente que ha sabido reconocer la oportunidad y empezar a llenar los huecos dejados por los que, en teoría, estaban allí antes y no quisieron dar el salto.

Mañana, no se van dejar de llenar los cines. La gente seguirá comprando discos, entradas de teatro, etc. Pero habrá dos culturas: una para la sociedad y otra exclusiva para sus propios autores. Qué pena, ¿no?

miércoles, 17 de febrero de 2010

Tú cobras, luego yo no pago

El País hoy publica un artículo en el que menciona un estudio de Nielsen acerca del rechazo, en general, por parte del usuario a la hora de pagar por contenidos online. Según la encuesta (27.000 personas en 52 países), el 85% de los que responden prefieren contenidos gratuitos (bueno, menuda novedad, me extraña que no sea el 100%). El dato interesante es que el 79% dejaría de visitar una Web si ésta empezase a cobrar.

Ahora bien. El estudio, aunque no de forma tan señalada como lo expone El País, explica que el usuario podría renunciar a la garantía de calidad del contenido. No es exactamente así. De hecho, y así lo recoge El Páis, sabe perfectamente que esa misma información puede ser localizada de forma gratuita.

Aquí no se hace una referencia directa a la descarga de contenidos. Creo que el enfoque de la encuesta habla más de la información (noticias, recomendaciones, etc.). Esto sale a la luz después de que algunos grupos de comunicación anunciaran, tímidamente o no, la intención de cobrar por todos o parte de sus contenidos. Es el caso de News Corporation (R. Murdoch) o hasta de algún que otro periódico español. Quiero recordar, en este momento, el sonado fracaso de El Páis, cuando, hace algunos años, intentó la vía del cobro por leer la versión online.

De todas formas, la encuesta de Nielsen también añade que, por cantidades mínimas sí que el usuario podría demostrar cierta disponibilidad a pagar. ¿Pero qué contenidos? Éste es un poco el gran dilema. Y aquí sí que puede tener un peso específico la creación audiovisual (cine, música, por ejemplo).

Lo que hay que mirar atentamente es la tendencia del mercado. En el fondo, a pesar de los pesares, el usuario paga por necesidad. Yo compro comida porque no me queda más remedio. Tengo que pagar por ella porque necesito comer. En base al estímulo básico y primordial, es cuando las marcas consiguen crear la sensación de necesidad de consumo por productos que, aparentemente, nada tienen que ver con el hecho de satisfacer la necesidad de saciarse para sobrevivir.

Nadie pone en duda que el supermercado de turno, en su tienda online, regale sus productos. Es obvio. Aparte del coste en sí de la materia prima, quién podría aguantar.

El problema surge cuando la necesidad no es básica. Pero aquí también estamos jugando con el subconsciente de la persona, del consumidor, al fin y al cabo. ¿Necesito un teléfono móvil para sobrevivir? No. ¿Puedo esperar a que me lo regalen? Tampoco (obviemos, por un momento, las promociones por las que sí se puede conseguir el artículo de forma gratuita, también desarrolladas para crear necesidad). Sin embargo, el acceso al medio (instrumento de comunicación) sí es parte de las necesidades del individuo. Recordemos la Píramide de Maslow.

Hace muchos años, la gente usaba cabinas, o no era localizable en sus desplazamientos. Hoy tenemos Internet, móviles con email, etc. Estamos localizables a todas horas.

Vale. ¿Entonces por qué el consumidor no considera una necesidad el acceso a la información o al contenido? En teoría, sí que lo siente así. Yo, internauta, me indigno por tener que pagar por un artículo de El País en su versión online, porque ncesito informarme, pero no estoy dispuesto a pagar. Y la confección de un periódico, online o en papel tiene un coste. Hay que montar una redacción, hay que pagar nóminas, servidores, rotativas, papel, ordenadores, diseñadores gráficos, etc. Todo esto tiene un coste brutal. Sin embargo, el usuario no quiere pagar.

Lo que lo cambia todo es Internet, como tal y como vía de propagación de la información. Forma parte de se naturaleza y de su forma de ser. Es intrínseco el no pagar a su idiosincrasia. Aquí es donde la cultura offline choca brutalmente con el medio. En el fondo, la necesidad existe, pero es satisfecha de manera lineal, sencilla, gratuita.

También hay que decir que las marcas (periódicos, creadores de contenidos) se han aprovechado del enorme potencial de Internet para conseguir visibilidad. Una visibilidad, además, de la que no disponían antes. O, por lo menos, no de estas dimensiones, casi sin límites. Mientras yo pueda entender el mensaje, criptado por un idioma o un rasgo cultural, soy tu target. Con lo cual, el error posiblemente resida en haber intentado aprovecharse de un mundo free of charge para lograr el beneficio, sin tener en cuenta del modelo de negocio que este paso tan crucial suponía en su momento.

Ahora es imposible (de verdad lo digo) cambiar las costumbres del usuario. El paradigma es ya una realidad. Echarse para atrás es síntoma de dos cosas: de fracaso y de no haber entendido el negocio cuando se planteaba.

¿Qué hacer entonces? Pues el nuevo paradigma propone dos retos: primero, el contenido y su calidad; segundo, cuantificar/rentabilizar/estimular la audiencia.

Las dos cosas están relacionadas. Porque, si yo dispongo de un contenido de calidad, me resultará más fácil disponer de un target importante. Con ese target, tengo una moneda de cambio para generar beneficios alrededor de él y lograr entradas por promoción, publicidad, marketing y comunicación. Mi público es mi asset. Inciso, por eso deja de serlo al 100% el contenido en sí, parte de la razón por la que la "copia" ya no tiene sentido, en un entorno digital, cuya facilidad de reproducción y duplicación abate por completo el concepto de soporte.

Sin embargo, tener un contenido relevante y de calidad no es suficiente. Hay que ir a por el usuario. Y, en Internet, no es moco de pavo. Demasiada fragmentación para tomárselo con superficialidad. La planificación, además, cuesta dinero, como lo cuesta la implementación del plan.

Los periódicos, sin irnos a otros sectores, optan, está claro, por la publicidad tradicional: el banner, por ejemplo. El asunto es que la mayoría de los banners provocan un efecto ceguera. Pero no es nada nuevo. Siendo sinceros, los spots en televisión también sufren de este fenómeno. ¿Cuál es la diferencia entonces? Pues que, hasta ahora, nadie podía medir con precisión la eficacia de un anuncio en televisión. Se confiaba en el share del contenido de turno y del perfil del target que lo seguía. Los datos de eficacia se "suponían" de alguna forma. En Internet, este modelo se derrumba.

Yo pongo un banner en tu Web. Luego, cuento los clics que recibo de ella. Aparte, compruebo cuántos de esos clics se convierten en ventas (o interacciones). ¿Esto significa que el banner no tiene sentido? No, o no de forma tan drástica. Pero también en este caso vemos cómo el periódico, acostumbrado a un modelo tradicional de venta de espacio, no ha podido transformarlo en algo más, algo de valor añadido para el usuario. Lo que se necesita es una publicidad mucho más actual y adaptada a los tiempos donde Internet es, principalmente, conversación. Si yo hago clic en el banner y éste no me permite hacer más que leerme el texto promocional de turno o ver el vídeo publicitario de X producto, pues lo considero invasivo, sin sentido y, a menos que la marca y sus productos no me interesen especialmente, no haré nada. Seré un lead, sí, pero de escaso valor. Por eso, la imagen de marca es un tesoro que hay que cuidar y engrosar, dándole forma, visibilidad y, por supuesto, reputación.

Mientras los periódicos intentan descubrir cómo rentabilizar su audiencia, el productor de contenidos audiovisuales tiene un problema aún mayor.

Hasta hace poco, yo, digamos, produzco una película, la estreno en cine, la vendo a las televisiones, cobro unas subvenciones y, más o menos (y de forma muy simplista, pero nos sirve para explicar el concepto), lograré una rentabilidad que me permita seguir con mi negocio. Iré, si las cosas han ido bien, a por otro proyecto.

De improviso, el productor se encuentra con que Internet está acelerando el proceso por el que el espectador consume más contenido en casa. De hecho, tiene que enfrentarse también a que, a lo mejor, el usuario está consumiendo gratis. Porque, resulta, se puede descargar esa película y/u otras (y aquí habría que pensar realmente en el porqué de que ciertos blockbusters aparecen antes en Internet que en los cines) y lo hace sin pasar por caja. La preocupación es, en primer lugar, por los ingresos que no se han registrados y, a posteriori, por la violación de la propiedad intelectual de la obra. Y seamos honestos en este tema, que también es razonable planteado así.

Claro. Existe un cierto desconcierto, en cuanto a que nadie sabe realmente dónde acaba la legalidad y empieza el robo, por así decirlo. El productor, o la entidad de gestión de derechos de autor, acude a los tribunales y pide que se cierren ciertas Webs por las que se enlaza a contenidos para que los usuarios puedan intercambiarlos entre sí. Resulta que los tribunales empiezan a fallar en contra del demandante. ¿Por qué? Porque enlazar no es delito. Nos guste o no, es así.

Se intenta demostrar que sí lo es, porque quien facilita esa interacción y esos links se está lucrando con ingresos publicitarios o le cobra al usuario por usar su infraestructura de intercambio de ficheros. Pero ni por ésa, los tribunales cambian de veredicto.

Ahora el problema es mucho más grave. Por supuesto. Opino que, además, el canon impuesto sobre los soportes digitales ha sido un error. Es que o cobras del canon e implícitamente aceptas la copia privada y el hecho de que yo pueda "regalar" un contenido a otro Peer/amigo (véase la legislación alemana al respecto), o no lo haces e impides (legítimamente o no) ese intercambio, cambiando, por cierto, gran parte de la legislación vigente.

Yo creo que el problema real no reside en la descarga ilegal del contenido. No creo que eso sea un impedimento económico. A la raíz está el modelo de negocio dentro de un mercado que nada tiene que ver con el de hace tan sólo cinco años. De hecho, la ventana ya no es única, lo cual es, seguramente, una ventaja y no al revés.

La participación del espectador, hoy, es mil veces superior. Creo que la figura del productor, antes un experto en encontrar financiación, debería variar y acercarse más a la de un estratega de marketing. No digo que los profesionales del marketing se dediquen a la producción, pero sí que el marketing asume una importancia estratégica en la producción.

La línea de separación (y, con perdón, pretenciosa) entre contenido de autor (cultura) y comercial (industrial) sigue existiendo. Sin embargo, hay que ser consecuentes con las elecciones que hace cada uno. Es obvio que determinados autores tendrán más o menos tirón entre la audiencia que otros. Pero es también porque el lenguaje cambia; las generaciones y la sociedad han cambiado. Eso no quita que existe un lugar (un mercado y un target) para todos. Hay que saber encontrarlo e Internet es de gran ayuda.

Estoy convencido de que, antes de crear dudosa leyes "antidescargas" (dudosas por su dudosa legalidad...), sería mucho más importante, más crucial para la sociedad entera, adaptar la educación en los colegios, los institutos y las universidades a la cultura audiovisual. El respeto por la obra, como tal, no se puede imponer. Se debe ganar en base a la participación. La UE lanzó hace unos años un programa de Media Literacy, enfocado a que en la escuela se incluyese el audiovisual como parte intergante de la formación. Aparte de algunos casos destacados en el Reino Unido y otros países del Norte de Europa, poco más se ha hecho al respecto. Y es una pena.

Un niño de hoy en día puede disponer de unas cuantas cámaras de vídeo (camcorder, teléfono móvil, webcam). No creo que exista mejor forma de educar que permitir que se pueda expresar a través de las imágenes, de la música, del sonido. Porque es, afortunadamente, la ventaja de esta época. Todo el mundo puede acceder a la creación de contenidos. Eso no quita que pocos podrán dedicarse a ella profesionalmente. Pero estoy seguro de que, si potenciamos los conocimientos, las nuevas generaciones tendrán la misma fluidez en inglés que en entender la cultura audiovisual.

Difícilmente, se conseguirán resultados intentando demoler algo indestructible, ya: la universalidad de Internet.

lunes, 15 de febrero de 2010

Que me han pillado desprevenido...

Vale. Es verdad. Los mercados están cambiando, la situación económica es la que es. Por supuesto. Sin embargo, cuando oigo o leo que algún sector está buscando un nuevo modelo de negocio, me pregunto si tenía alguno para empezar.

No es que las cosas hayan cambiado tanto, sinceramente. Lo que ocurre es que un proyecto empresarial que se precie debería diposner de un plan a largo plazo para su actividad. Ese plan tiene que ser algo flexible, que entienda las tendencias de mercado, porque el producto, al fin y al cabo, hay que vendérselo a alguien. ¿O no?

Pongamos el caso de la televisión. Mercado grande, importante, que mueve bastante dinero y del que dependen otros sectores (véase cine, por ejemplo). Pues bien. Llevamos hablando de digitalización y de apagón analógico unos cuantos años ya. No es la primera vez que escuchamos que las audiencias se fragmentan por una mayor oferta. Todo el mundo sabía de antemano que el pastel de la publicidad iban a repartírselo más operadores.

Luego llega el "nuevo modelo" de TVE. Nada de anuncios, que si las telecos y las cadenas privadas pagan la cuenta... Ahora, tampoco está muy claro. Nuevos modelos de negocios búscanse...

Los contenidos... Más de lo mismo. Internet, según parece, llegó antes de ayer, sobre las 13.45, sin que nadie supiera nada. Resulta que me encontré con un módem en mi casa que me permite una conexión de 20 Mbps. ¡Leches! Me meto y resulta que hay una página en la que la gente cuelga vídeos, que puedo escuchar música y que, ¡horror!, hay gente muy mala muy mala que sube sus contenidos para compartirlos con los demás. Son piratas. Se ha avistado alguna bandera con calavera en el horizonte. Todo esto en menos de dos días... Increíble.

También es del domingo que la gente puede comprar unas pedazo de pantallas planas de 6.300 pulgadas con 18 altavoces para escuchar sus pelis en sistema Surround y requete Surround, con su copita, su cigarrillo y sin tener que pagar un duro para ver una copia hecha un asco porque al dueño del cine de turno no le da la real gana de cambiar la puñetera bombilla. Sitio en el cual la palabra trapecio adquiere un sentido muy amplio, con una relación de aspecto de 2:35, más o menos... Por cierto, los hay que dicen que en sus pantallas gigantescas ahora empiezan a aparecer cosas raras. Que si una ranura que pone USB, que si una cosa que se llama Güifi...

¡Por Dios! Hasta las consolas de videojuegos se han vuelto locas de repente. Resulta que, cuando se enteraron de que antes de ayer llegó Internet, empezaron como locas a conectarse. De repente, desde la PS3 hay que gente que accede a un videoclub.

Ya lo último fue cuando me raptaron y me metieron en un cine (esto fue ayer a última hora) y, encima, me obligaron a ponerme unas gafas. Jo, qué miedo... Las cosas que salían de la pantalla me asustaban. Menos mal que tenía mis cinco quilos de palomitas y mi súper extra gigantic refresco. Si no, no sé cómo huebiera sobrevivido a la experiencia. Creo que tengo Síndrome de Estocolmo...

¿Nadie se ha parado a pensar que existe un hilo conductor en todo este caos? ¿Dónde está el modelo de negocio en esta lista interminable de bandejas por las que escoger qué consumir?

A ver, voy a pensar un momento. ¡Coño! ¡Ya está! Creo que lo tengo... ¿No será que el contenido sigue siendo lo que importa? Menudo cambio de modelo de negocio...

Muy buena, sir Álex...

24ª edición de los Premios Goya. Celda 211 que gana ocho estatuillas. Buenafuente que ameniza una gala que, durante años, aburría y aburría y aburría. Álex de la Iglesia, contundente, inaugura su presidencia con un discurso muy potente y que, en realidad, tampoco dice nada, pero, sinceramente, mejor que las pajas mentales de su antecesora (guionista, por cierto).

Fue la fiesta del cine español y, la verdad, este año había que celebrar un ejercicio repleto de éxitos de taquilla. Y fiesta fue, realmente, y sin anuncios, encima (bueno, con pequeños recopilatorios cada equis premios para que los presentes pudieran ir al servicio o echarse un pitillo).

La vi desde mi sofá, con una cervecita bien fresquita y una bolsa de patatas. No tenía palomitas, pero qué más da. Mis crujidos no iban a molestar a nadie en “la sala”… Me entretuvo un principio explosivo de Andreu Buenafuente; me hizo reír, quitándome un poco la suspicacia por una gala que, por lo general, me da mucha pereza.

Celda 211, se decía, fue la triunfadora de la noche y creo que es algo más que merecido, porque es una película de muchas facetas, arriesgada en varios sentidos, que me llenó cuando fui a verla.

También me alegro por Ágora y por Amenábar. Creo que el esfuerzo realizado por producir por 50 y pico millones de euros va recompensado. Hay que echarle “huevos” (perdonad la vulgaridad); mucho mejor que quejarse. Ya, ¿pero cuántos se pueden permitir ese lujo? Pues pocos, pero Celda 211, REC 2, Yo, también, Gordos (y su rodaje por fases) y Planet 51 (la más cara, sí señor), cada una tiene su aquel por el que han sido premiadas por el público.

Ha sido fiesta, decíamos, porque la ocasión lo merecía. Hasta el teatro tragicómico de la reconciliación entre Almodóvar y la Academia tuvo su importancia. Que el icono del cine español no sea académico no tiene que ser excusa. El “carné de socio” se le tiene que dar a pesar de que él lo quiera o no… Pero muy buena, Sir Álex, muy buena…

También me alegré muchísimo por Luis Tosar al que le echo en cara no llamarse Louis Tosingdale… Se llevaría Oscar a mansalva… Me da pena por Antonio de la Torre, pero creo que su premio tan sólo se ha postergado un par de ediciones.

Sinceramente, la gala fue relajante, sin tensiones, sin críticas exacerbadas, sin Ley antidescargas, sin cánones, sin lloriqueos. Así es como tiene que ser. Porque es la única forma de volver a estimular el talento en el cine que marcó un antes y un después, desde los años 80, con su vigor y creatividad, en toda Europa y más allá (estoy de buzz hasta los… chiste totalmente friki que me niego a explicar). Honestamente, las últimas cosechas tampoco eran tan buenas, dicho sea de paso.

Un par de incisos. Un enhorabuena a Mapa Pastor, mejor montaje con Celda 211. Es un premio fetiche para mí, ya que mi padre fue montador (de moviola, of course…).

Y un enhorabuena a mi amigo Pablo, primer ayudante de montaje de Planet 51. El Goya al mejor largometraje de animación es también suyo. Que le sirva para llegar a ser el gran montador que todos sabemos que tiene dentro.

Ahora, a ver qué nos espera para 2010, entre subvenciones y cortes de Internet. Lo importante es que los españoles se vuelvan a enamorar de su cine. Las premisas existen.

lunes, 8 de febrero de 2010

Ciao Ballerini!




Se fue el hombre que vi llorar por dejarse "engañar" por Duclos-Lasalle en el sprint a dos en su amada hasta la obsesión Paris-Roubaix.

Franco Ballerini, testarudo, volvió y la ganó dos veces, en 1995 y en 1998. Era digno de esa estirpe de campeones a los que las vibraciones insoportables del pavé, debajo de las finas ruedas de la bicicleta, les hacían sentir algo especial.

A Franco Ballerini, supongo, le tenía que producir un placer perverso el hecho de cruzar primero la meta del Velódromo, completamente cubierto de barro, tras lidiar con viento lateral y abanicos y lo poco que queda de esos caminos de adoquines.

Allí no había ni doping ni leches. Tenías que ser fuerte, tozudo, besado por la suerte, pinchazo tras pinchazo, eligiendo la escapada.

Fue un espléndido cazador de "clásicas", pero sobre todo forma parte de la historia de la clásica de las clásicas.

Ciao Franco.

Utopía y revolución

Yo soy de izquierdas. Ni es para jactarse ni es para avergonzarse. Es un rasgo, como los ojos castaños, los dedos largos, la tendencia a engordar. Forma parte de mí, es mi manera de ser.

Desde que tuve uso de razón, me interesó la política, las corrientes y sus teorías. Además, vengo de un país, Italia, que, cuando empecé el instituto, se definía por una cierta exasperación ideológica en las aulas. O bien eras de derechas (más bien fachón) o bien eras de izquierdas (más bien estalinista...). De hecho, la revisión de la época de Stalin estaba ocurriendo en aquellos años y aún no había descendido a las calles, sino más bien era un debate abierto en el aparato.

Los años sesenta y setenta del siglo pasado marcaron un antes y un después en la izquierda europea. Si nos fijamos, los socialistas y los comunistas de hoy son el producto de aquellos años convulsos. En España, a mediados de los setenta, se iniciaba un proceso que llevaría a la Transición. En Italia, el PCI pasaba por una fase de catarsis por la que se hacía autocrítica en cuanto al apoyo mutuo entre el partido en Italia y Moscú. Estábamos hablando del partido comunista más importante en Occidente, financiado durante años por los gobiernos soviéticos (dentro de la cada vez más improbable Internacional Socialista), a la vez que la Democracia Cristiana había recibido fondos y apoyo de la CIA, desde las primeras elecciones libres desde la caída del fascismo, en 1948. Tan libres no fueron, porque su resultado fue voluntariamente alterado gracias a la ayuda del servicio secreto norteamericano.

En 1992, me acuerdo de haber visitado un pequeño arsenal (Santa Bárbara) cerca de la Casa del Popolo de un pueblo de la región roja por antonomasia, Emilia Romagna. Estaba llena de rifles y armas que probablemente eran ya inservibles. La mayoría databa de la Segunda Guerra Mundial y habían servido a la causa Partisana. Eran los rastros indelebles de la confrontación ideológica que marcó un siglo, el XX.

Mientras tanto, se descubría que “la otra parte” también disponía de un aparato paralelo, con un grupo subversivo llamado Gladio, creado por si había “Revolución” en Italia.

La Revolución, esa gran utopía, gracias a la cual todo adolescente rojo como yo soñaba con un mundo mejor en el que “reeducar” al pequeño burgués. Hoy, si lo pienso, me río o, por lo menos, sonrío por esa actitud ingenua.

Pienso en todo ello por un artículo de El País en el que Antonio Muñoz Molina recuerda los setenta españoles y el mito de Mao, mientras éste convertía la Revolución Cultural en el horror del que todos hoy somos conscientes. Me acordaba de mí mismo viendo con orgullo una pintada en la fachada del edificio de enfrente a mi instituto milanés. Ponía mi nombre, el tercero, en la lista de los condenados a muerte por los fachas. ¡Lo logré en primero! Ya era un enemigo del sistema. Con catorce añitos.

Eran otros tiempos, nunca mejor dicho. Vivíamos aún en la Guerra Fría. Menos mal. Pero, como herencia de aquella época, me acuerdo de cómo la izquierda estaba presente en las calles. Ser de izquierdas significaba estar donde estaba el problema para la gente de a pie. Luchabas (metafóricamente, la mayoría de las veces) contra el yugo de la “casta”. La justicia social era la bandera. Hasta tal punto que la Iglesia Católica reaccionó creando movimientos juveniles muy parecidos a los nuestros, los rojos, y los convirtió en Comunione e Liberazione. Era la primera vez que podía comprobar los efectos de que un Papa del Opus llegase al Vaticano, Juan Pablo II. Esos movimientos hacían suyos conceptos, ideas y canciones. Era una manera muy astuta de infiltrarse y ganar acólitos.

Todo empezó con Polonia, con Solidarnosc. Comunistas y católicos, de repente, nos manifestábamos codo con codo contra la posibilidad de que Moscú fuera a poner orden en ese país. No nos dimos cuenta, los rojos, que todo “formaba parte de un plan”… Rídiculo, lo sé…

En esos años, se fue formando una consciencia cultural de izquierdas. Cantantes, actores, escritores, cineastas que trasladaban sus ideas, sus luchas a sus obras. Obras cuya difusión era masiva, porque el pueblo tenía que saber. Nos sentíamos orgullosos de comprar aquel disco de Guccini o ir a ver a Dario Fo actuar en un teatro.

El problema es que todos, incluido yo, nos convertimos en pequeños burgueses. Crecimos. El mundo cambió. La izquierda se hizo su hueco en el Establishment y la cultura, aquella de protestar y condenar la injusticia, se convirtió en élite, portadora única y positiva del virus de la Verdad. En resumidas cuentas, la izquierda dejó la calle. Y la derecha social se hizo con ella. En Francia fue Le Pen y su Frente Nacional, en Italia, llegó la Liga Norte, etc. La protesta, la voz “defensora”, maldecía al inmigrante, al diferente; proponía método para nada democrático para deshacerse del delincuente. Las crisis económicas le ofrecían a la derecha caldo de cultivo, gente cansada de los problemas que buscaba quienes le escuchasen. La izquierda se había ido a gobernar o a pactar. Ya no era izquierda, de hecho, era centro izquierda. Pactaba con “el diablo”.

Finalmente, la derecha, que había dejado la cultura en manos de los “rojos”, habló libremente de culturetas progres. Lo peor es que encima había un fondo de razón en todo eso. Los artistas, los intelectuales, se habían enrocado en sus fumaderos de opio virtuales, lugares de tertulia vacua.

Hablaban de la pobreza como del color de las cortinas de sus pisos de lujo. Mientras tanto, en la calle el “obrero del siglo XX” (y XXI) no tenía a nadie que le escuchara. O mejor, tenía a otros, que se aprovechaban de la situación y se colocaban donde antes estaba la Revolución.

Hay que decir que determinados fenómenos políticos reaccionarios gozaron de la aprobación tácita de la izquierda. Si el Frente Nacional prosperaba en Francia, al aparato socialista de Mitterrand le parecía bien, ya que dividía a la derecha y eso se notaba en las urnas.

Los exponentes de la cultura de izquierdas, a todo esto, se habían colocado en fila india delante de los Ministerios, con el fin de recaudar su generosa limosna para que pudiesen seguir manteniendo su opulento estilo de vida. Fueron alejándose del público, del pueblo. Y éste le dio la espalda.

Los representantes de la cultura entonces se permitieron el lujo de criticar a lo que ya se había transformado en la plebe. Si no compras mi libro, si no compras mis canciones, si no compras la entrada de mi película es porque no me entiendes. Eres ignorante.

El pueblucho, irritado, los miraba atónito. Se sentía desconectado, por traicionado. “Yo, que te puse allí, te di el megáfono para contar mi miseria y te financié, ahora soy ignorante”. El ignorante, entonces, votó a Berlusconi, hizo que Le Pen llegase a una segunda ronda en unas presidenciales francesas (¿verdad, Jospin?). Y hasta aquí puedo leer.

Soy de izquierdas. Lo sé… Por eso me indigno cuando veo que hay gente que se llena la boca con su ser progresista. Me indigno con su forma de hablar y aleccionar sin escuchar. Probablemente, la utopía de la Revolución, a día de hoy, debería empezar desde dentro. Porque lo peor de la “burguesía” lo tenemos en casa.

martes, 12 de enero de 2010

A partir de hoy, Red y Libertad

Consideramos imprescindible la retirada de la disposición final primera de la Ley de Economía Sostenible por los siguientes motivos:

  1. Viola los derechos constitucionales en los que se ha de basar un estado democrático en especial la presunción de inocencia, libertad de expresión, privacidad, inviolabilidad domiciliaria, tutela judicial efectiva, libertad de mercado, protección de consumidoras y consumidores, entre otros.
  2. Genera para la Internet un estado de excepción en el cual la ciudadanía será tratada mediante procedimientos administrativos sumarísimos reservados por la Audiencia Nacional a narcotraficantes y terroristas.
  3. Establece un procedimiento punitivo “a la carta” para casos en los que los tribunales ya han manifestado que no constituían delito, implicando incluso la necesidad de modificar al menos 4 leyes, una de ellas orgánica. Esto conlleva un cambio radical en el sistema jurídico y una fuente de inseguridad para el sector de las TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación). Recordamos, en este sentido, que el intercambio de conocimiento y cultura en la red es un motor económico importante para salir de la crisis como se ha demostrado ampliamente.
  4. Los mecanismos preventivos urgentes de los que dispone la ley y la judicatura son para proteger a toda ciudadanía frente a riesgos tan graves como los que afectan a la salud pública. El gobierno pretende utilizar estos mismos mecanismos de protección global para beneficiar intereses particulares frente a la ciudadanía.
    Además la normativa introducirá el concepto de “lucro indirecto”, es decir: a mí me pueden cerrar el blog porque “promociono” a uno que “promociona” a otro que vincula a un tercero que hace negocios presuntamente ilícitos
  5. Recordamos que la propiedad intelectual no es un derecho fundamental contrariamente a las declaraciones del Ministro de Justicia, Francisco Caamaño. Lo que es un derecho fundamental es el derecho a la producción literaria y artística.
  6. De acuerdo con las declaraciones de la Ministra de Cultura, esta disposición se utilizará exclusivamente para cerrar 200 webs que presuntamente están atentando contra los derechos de autor. Entendemos que si éste es el objetivo de la disposición, no es necesaria, ya que con la legislación actual existen procedimientos que permiten actuar contra webs, incluso con medidas cautelares, cuando presuntamente se esté incumpliendo la legalidad. Por lo que no queda sino recelar de las verdaderas intenciones que la motivan ya que lo único que añade a la legislación actual es el hecho de dejar la ciudadanía en una situación de grave indefensión jurídica en el entorno digital.
  7. Finalmente consideramos que la propuesta del gobierno no sólo es un despilfarro de recursos sino que será absolutamente ineficaz en sus presuntos propósitos y deja patente la absoluta incapacidad por parte del ejecutivo de entender los tiempos y motores de la Era Digital.

La disposición es una concesión más a la vieja industria del entretenimiento en detrimento de los derechos fundamentales de la ciudadanía en la era digital.

La ciudadanía no puede permitir de ninguna manera que sigan los intentos de vulnerar derechos fundamentales de las personas, sin la debida tutela judicial efectiva, para proteger derechos de menor rango como la propiedad intelectual. Dicha circunstancia ya fue aclarada con el dictado de inconstitucionalidad de la ley Corcuera (o “ley de la patada en la puerta”). El Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet, respaldado por más de 200 000 personas, ya avanzó la reacción y demandas de la ciudadanía antes la perspectiva inaceptable del gobierno.

Para impulsar un definitivo cambio de rumbo y coordinar una respuesta conjunta, el 9 de enero se ha constituido la “Red SOStenible” una plataforma representativa de todos los sectores sociedad civil afectados. El objetivo es iniciar una ofensiva para garantizar una regulación del entorno digital que permita expresar todo el potencial de la Red y de la creación cultural respetando las libertades fundamentales.

En este sentido, reconocemos como referencia para el desarrollo de la era digital, la Carta para la innovación, la creatividad y el acceso al conocimiento, un documento de síntesis elaborado por más de 100 expertos de 20 países que recoge los principios legales fundamentales que deben inspirar este nuevo horizonte.

En particular, consideramos que en estos momentos es especialmente urgentes la implementación por parte de gobiernos e instituciones competentes, de los siguientes aspectos recogidos en la Carta:

  1. Los artistas como todos los trabajadores tienen que poder vivir de su trabajo (referencia punto 2 “Demandas legales“, párrafo B. “Estímulo de la creatividad y la innovación”, de la Carta);
  2. La sociedad necesita para su desarrollo de una red abierta y libre (referencia punto 2 “Demandas legales“, párrafo D, “Acceso a las infraestructuras tecnológicas”, de la Carta);
  3. El derecho a cita y el derecho a compartir tienen que ser potenciado y no limitado como fundamento de toda posibilidad de información y constitutivo de todo conocimiento (referencia punto 2 “Demandas legales“, párrafo A, “Derechos en un contexto digital”, de la Carta);
  4. La ciudadanía debe poder disfrutar libremente de los derechos exclusivos de los bienes públicos que se pagan con su dinero, con el dinero publico (referencia punto 2 “Demandas legales“, párrafo C, “Conocimiento común y dominio público”, de la Carta);
  5. Consideramos necesaria una reforma en profundidad del sistema de las entidades de gestión y la abolición del canon digital (referencia punto 2 “Demandas legales“, párrafo B, “Estímulo de la creatividad y la innovación”, de la Carta).

Por todo ello hoy se inicia la campaña INTERNET NO SERA OTRA TELE y se llevarán a cabo diversas acciones ciudadanas durante todo el periodo de la presidencia española de la UE.

Consideramos particularmente importantes en el calendario de la presidencia de turno española el II Congreso de Economía de la Cultura (29 y 30 de marzo en Barcelona), Reunión Informal de ministros de Cultura (30 y 31 de marzo en Barcelona) y la reunión de ministros de Telecomunicaciones (18 a 20 de abril en Granada).

La Red tiene previsto reunirse con representantes nacionales e internacionales de partidos políticos, representantes de la cultura y delegaciones diplomáticas.

Firmado
Red SOStenible

La Red SOStenible somos todos. Si quieres adherirte a este texto, cópialo, blogguéalo, difúndelo.

viernes, 8 de enero de 2010

Gilipolleces

No sé ni por dónde empezar, la verdad. No sabía si escribir o no acerca del artículo de José María Álvarez Monzoncillo, aparecido en El País de hoy. No sé si empezar por la lista interminable de gilipolleces que menciona, casi todas equivocadas (en algunos casos, los errores son tan garrafales que, de verdad, me da pena por sus alumnos), o por el deseo visceral que demuestra para que el negocio al que algunos nos dedicamos, Internet, se vaya al garete.

Me resulta tan infantil la pieza que me causa pereza razonar en contra de sus supuestos argumentos. Por lo menos me río de su uso de terminología estrictamente en inglés. Es representativo del nivel intelectual y moral de este personaje.

Empezaré, y terminaré, por decir que me causa rechazo, como siempre me lo ha causado, desde que publicara sus maravillosos y nada científicos estudios sobre el sector cinematográfico para la Academia de Cine. Le rechazo como experto, como eminencia, porque, tal y como demuestra también con el audiovisual, no tiene ni idea de cómo funciona Internet hoy ni de su modelo de negocio.

Tal y como hace él, no daré ningún detalle, no citaré ni una fuente para argumentar mi opinión acerca de lo incompetente que es este hombre en materia. Me comportaré igual que él, como siempre ha hecho. Tópicos, mentiras y gilipolleces, su eminencia.

martes, 5 de enero de 2010

Un poquito más wiki libres...

Hace unas ocho semanas o así, Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, hacía un llamamiento para recaudar en donaciones 7,5 millones de dólares. En un comunicado muy emotivo, pedía el esfuerzo de todos los que utilizamos la mayor enciclopedia del mundo para que se contribuyese a su continuidad. Objetivo conseguido y, por lo que sé, hasta superado.

A pesar de los que opinan que la Wikipedia no es fiable (ni la Britannica lo es, por cierto), Wikipedia es el paradigma de Internet tal y como la conocemos hoy en día. Porque a muchos se les olvida que la Red de redes es justamente eso: una red. Una red por la que la gente comparte muchas cosas, empezando por el conocimiento.

En su mensaje de agradecimiento, Wales dice lo siguiente: "Sus donaciones mantienen Wikipedia libre de usar y libre de publicidades. Sus donativos siguen difundiendo el accesso libre de conocimientos por todo el mundo". Ese libre conocimiento es un logro tremendo de nuestra época, con más de 14 millones de artículos, la Wikipedia se ha convertido en una referencia para muchos: estudiantes, estudiosos y expertos. El escepticismo generado a su alrededor es fruto de una visión más próxima al siglo XIX, época que aún influye en el modelo cultural actual. Porque, para algunos, solamente el sabio "oficial", el gurú, puede contribuir a ese conocimiento. Mientras los oficialistas de la cultura siguen en su limbo, la gente contribuye al conocimiento general, creando un legado histórico nunca imaginado antes. De hecho, los estudiosos, los más valientes, han aceptado el reto y forman parte de esa masa (inteligente) que crea y añade legado.

La Wikipedia y demás lugares de encuentro para el conocimiento son ahora un campo en el que trabajar sobre la educación del siglo XXI. Proyectos tan atrevidos y tan reconfortantes como Edupunk hacen que el "maestro", el formador, se convierta en el "entrenador" de sus alumnos para que éstos empiecen a aportar activamente a la cultura del mañana. En el modelo "ottocentesco", esto es impensable, sin regla con la que castigar la impertinencia del saber.

Este movimiento, esta forma de hacer educación y, por consiguiente, cultura, es un fenómeno imparable. Ya está bien pensar que la gente es idiota por definición y que hay que instruirla. Lo que hay que hacer es que tenga acceso a toda la cultura. Y la Wikipedia, con sus defectos y errores, es un ejemplo de cómo esto es posible, hoy en día.

En un momento en el que se están estableciendo normas medievales para el control de la propiedad intelectual, con el mismo método reaccionario de siempre, el castigo sumario y arbitrario, cabe destacar que la cultura, a lo mejor, ya no está donde uno piensa que podría encontrarse. La fractura ya se ha provocado. Es curioso ver como ahora sí que el negocio es importante para los que, hasta hace poco, pensaban que la ayuda "papal" era un derecho adquirido. Bueno, siguen pensándolo, pero "ya no es por amor al arte", ¿no?

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ma se ghe pensu

Isola GallinaraImage via Wikipedia















Hay una canción en genovés que, desde que era un crío, no puedo escucharla sin emocionarme profundamente. Se trata de Ma se gue pensu. Es la historia de un emigrante genovés en Argentina, quien, ya mayor, necesita volver a su Génova querida. Su hijo le intenta disuadir, porque ya es mayor y el viaje es largo. Sin embargo, el atardecer con Génova iluminada es demasiado para el hombre. Le dice al hijo que está cansado de escuchar "Señor, caramba". Que su hijo, claro, nació allí y se crió hablando Español. Al final, el hombre vuelve (final feliz...) y rehace su nido en su ciudad natal.

Llevo días pensando en lo estúpida que es mi nostalgia repentina. Por mi mar, mis montes tan pegados a él. No dejé nada así de muy importante allí, si tengo que ser sincero, pero tengo esta extraña sensación de melancolía. Se dice que podrían ser las Navidades. No sé. A mí nunca me han gustado, de hecho, las he aborrecido toda mi vida. Las Navidades, para mí, significan recuerdos tristes, amargos, y no va a ser el entusiasmo general el que me haga cambiar de opinión, hoy, con 41 añitos que llevo.

Yo lo achaco al cansancio. A las ganas de redimensionarme en algo menos grande, menos ambicioso, que es la vida, el día a día. Creo que me hace falta respirar algo más sencillo que el aire contaminado por los coches y la prisa para lograrlo todo. El otro día me acordé de una vez, cuando era niño, y, junto con mi hermano y mi padre, nos fuimos a dar un paseo por la playa. Yo llevaba un sombrero de cowboy y el cinturón con dos pistolas de plástico. Hacía un viento terrible, y el sol calentaba lo que podía, el pobre. Tendría cinco años, a lo sumo. Pero me acuerdo del olor del mar enrabietado. Como si hubiese ocurrido hace cinco minutos o como si estuviese allí, ahora mismo.

Nunca he considerado la nacionalidad de uno como algo tremendamente importante, lo juro. Me parece absurdo, a día de hoy, agarrarse al orgullo patrio. He tenido (y tengo) la suerte de conocer otros países y siempre he intentado llevarme todo lo bueno que te pueden ofrecer. Pero creo en que existe un vínculo tácito con la tierra. Cuando hablo de tierra, me refiero al suelo en sí. Al meter la mano y escarbar y ensuciarse las manos con el humus propio de donde has nacido. Es algo que lleva cada uno tan adentro como el código genético. Yo puedo oler que el vino Pigato de Albenga viene de esa tierra. Puedo reconocer el perfume de la misma tierra en la que he nacido yo en un tomate, una alcachofa. Estoy convencido de que todo el mundo, si se para a pensar, puede hacer lo mismo.

Me molesta un poco toda esta intrusa nostalgia. Tengo mi vida aquí y no me arrepiento. No tengo intención de volver. Sólo me gustaría poder meter la mano y escarbar en el suelo, en Alassio, Albenga o Borghetto Santo Spirito. Mancharme bien, echarle un ojo a ese mar que no se está quieto nunca, ¡joder! (que me perdone el poeta...), y volver a casa, a Madrid.

jueves, 3 de diciembre de 2009

En defensa de los derechos fundamentales en Internet

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que…

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

Este manifiesto, elaborado de forma conjunta por varios autores, es de todos y de ninguno. Si quieres sumarte a él, difúndelo por Internet.

martes, 6 de octubre de 2009

Vacuidad...

Manuel Martín Cuenca, director de películas del calibre de La flaqueza del bolchevique, responde hoy, en El País, con un artículo de réplica al que ayer se publicaba, en la misma cabecera, cuya firma era de Jaime Rosales (La soledad, entre otros).

El debate, para ubicarnos, es acerca del "Manifiesto contra la orden", con referencia a la nueva Orden por la que se regulan las subvenciones al cine, cambiando, estructuralmente, la forma por la que se regía hasta la fecha. Rosales se pronunciaba a favor de dicha Orden y en contra del Manifiesto. Por su parte, Martín Cuenca, firmatario y uno de los grandes impulsores del Manifiesto, rebate los argumentos de su colega de profesión.

De forma tan transparente como la empleada por Rosales, Martín Cuenca expresa su opinión y claro rechazo a las ideas recogidas en el anterior artículo.

De hecho, explica que la implicación política es un derecho de cualquier individuo o colectivo. Añade que no sólo el cine es un sector subvencionado. Considera que la Orden, al discriminar las películas de presupuesto mediano, va en contra de la propia naturaleza del mercado español, ya que la gran mayoría de películas producidas se mueven en esos presupuestos.

Sobre todo, todo lo que Rosales explica acerca de los riesgos de alinearse con un bando político es lo que más molesta a Martín Cuenca, hasta el punto de que "Sinceramente, tus afirmaciones sobre el papel de la democracia me alejan intelectualmente de ti, y me cuestionan todo lo que, a continuación, pasas a exponer". Es un enfrentamiento dialéctico, claro, sin dobles sentidos, argumentado.

Pero, si hasta aquí todo bien, ¿qué pasa entonces? Pues que el razonamiento de Manuel Martín Cuenca desliza en la banalidad y la trivialidad, endoctrinada al más puro estilo de los "qualunquisti", en pura contradicción con todos los argumentos anteriores. ¿Por qué? Pues por una frase tan trivial que hace que toda su dialéctica se vaya al traste en un momento.

Cito de El País,: "Aparte de que esté en contra de ese concepto, que no es más que una vacuidad efecto del marketing y la moda, todos sabemos cómo han funcionado y funcionan esas comisiones". Vacuidad... Del marketing (y, perdón por la vulgaridad, aquí me toca los cojones)... De la moda (sigue molestándome profundamente)... De cómo han funcionado y funcionan esas comisiones... ¿Cómo funcionan, estimado Martín Cuenca? Explíquenoslo, por favor. Déjese de filosofía barata y vacua, citándole. Porque podríamos abrir un amplio debate sobre cómo se formarán las comisiones que decidan el futuro de la producción cinematográfica. Por favor, cuéntenos la verdad.

Mezcla usted el marketing, la moda, las comisiones con una pasmosa facilidad, la verdad, y nos deja aquí, pendientes de su pluma, de su teclado y no nos dice por qué. ¿Qué habrá de tan vacuo en el marketing, las modas y las comisiones? No lo sé. No nos concede ni una pizca de su sabiduría al respecto. De verdad, señor Martín Cuenca, su tan argumentada propuesta periodística se cae por su propio peso gracias a declaraciones tan gratuitas, de las que usted, al parecer, se queja.
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lunes, 5 de octubre de 2009

Reflexiones cinematográficas

Recojo, de alguna forma, el guante lanzado por el excelente blog de Gonzalo Martín y su post en el que se recoge parte del artículo firmado por Jaime Rosales en El País, en el que el director de La soledad hace un análisis sobre la financiación por subvenciones y la polémica aplicación de la Ley de la Igualdad.

Lo primero, me parece que Rosales es muy valiente, en este momento, al reflejar de forma tan clara sus opiniones, en el fondo, contrapuestas a las de su gremio, el cinematográfico. Y lo digo sin haber todavía expresado mi opinión. De hecho, lo hago sobre la base de su comportamiento, antes que por el contenido.

Luego, el artículo me proporciona una excelente oportunidad para analizar, bajo mi modesto punto de vista, el desarrollo del cine en este País, desde hace un par de años. Sin duda alguna, la llegada de la ex Presidenta de la Academia, directora y guionista, Ángelez González Sinde, al puesto de Ministra de Cultura ha representado un momento clave. ¿Por qué? Pues porque, por mucho que se quiera minimizarlo, su background cinematográfico hace que todo el mundo piense en el cine a la hora de referirse a su Ministerio. Es inevitable, ahora. Fue evitable, cuando el actual Presidente del Gobierno decidió nombrarla. Hablo de oportunidades y no de cualidades.

González Sinde, al fin y al cabo, llegaba precedida de su actividad como cineasta y de su toma de posición acerca de temas tan debatidos como, por ejemplo, la piratería de obras audiovisuales. No veo, personalmente, ningún tipo de incongruencia en su comportamiento, desde que asumió el cargo. Lo que ocurre es que, en la era actual, marcada por una gran crisis financiera y económica, es la cultura entera la que se tambalea. Elegir a una personalidad directamente vinculada con un sector en particular, sobre todo siendo éste el cine, no me parece la mejor de las elecciones.

A pesar de que sigo diciendo que el cine debería formar parte de un macro sector estratégico, conocido como audiovisual, y que el apoyo (necesario) lo debería proporcionar Industria, no creo que los nuevos mecanismos de subvención al cine sean peores que los que antes estaban. En este sentido, estoy de acuerdo con Rosales. Me parece que el intento de aclarar una situación algo obscura, como la asignación de dinero público a (prácticamente) fondo perdido, pues es una tarea a elogiar y no a criticar. Pero, claro, lo veo desde fuera, como contribuyente y espectador (dos veces pagador).

En lo que se refiere a lo que Rosales considera como definirse de un bando u otro de la política, creo que estamos hablando de un defecto muy europeo, por el que la cultura, en general, ha abusado a lo largo del siglo XX y, ahora, XXI. Posiblemente, una normalización política de la cultura en general podría ayudar, siempre y cuando se conserve el derecho de los autores y artistas a opinar sobre los temas que, además, afectan a la sociedad en su conjunto. Si, bajo un punto de vista comercial, esto es perjudicial, pues debería considerarse como un hecho congruente con la expresión clara de las opiniones de cada uno. Hay que atenerse a las consecuencias. Sin embargo, no estoy tan convencido de que el público español le dé la espalda a su cine exclusivamente por razones políticas.

Yo vengo de fuera y mi análisis, desde un punto de vista todo lo imparcial que pueda ser, es que la fuerza y el ímpetu culturales y creativos de hace dos décadas fueron lentamente apagándose. Yo, hoy, tengo que elegir entre lo que hay en cartelera y veo repetidas prácticamente las mismas películas, una y otra vez. Lo único que cambia son los títulos, el reparto (a veces, porque hasta en este punto habría que hablar) y poco más. Lo demás, si lo miramos bien, es casi siempre lo mismo. Es la originalidad de los argumentos que ha dejado de ser la fuerza pujante. Lo mismo diría yo de lo que ocurre cuando la Academia decide presentar a los Oscar su candidata. Los votantes, en este caso, pocas veces deciden arriesgar con lo que realmente se plantea como algo nuevo, fresco, diferente.

Con todo el respeto por Trueba, ¿por qué no presentar los REC, o las soledades de turno? ¿Por qué no arriesgarse con lo que rompe moldes en ese momento, como estímulo para que los autores se la jueguen? ¿Es porque los Oscar son un producto mediático? No lo sé.

Además, el cine europeo en general y, por ende, el español, se enfrentan a un cambio tan dramático en la forma de consumir contenidos, por el que para desplazar a una familia al cine hay que darle un aliciente espectacular que un producto menos exagerado, bajo el criterio de entretenimiento, no tiene. Es innegable. Pero esto no significa que las historias españolas no tengan público. Me niego a pensar eso. De verdad lo digo. Pero hay que ser valientes. Hay que pensar que el concepto taquilla ya no es el mismo. Y, encima, los márgenes de beneficio y la comercialización son diferentes. Es el hecho de quedarse inmóviles ante los cambios que está perjudicando sobremanera el producto cinematográfico.

No significa esto que Internet se convierta, de golpe y porrazo, en la panacea o en el verdugo de una industria (??). No. De hecho, el propio concepto de Internet se convierte en una fábula, en un cuento chino. En mi profesión, Internet es lo que transporta la información de un lugar a otro. Es una herramienta que lo hace más fácil. Es la ramificación por la que la información actual pasa. No vale con decir "montemos un portal de distribución de contenidos". No es eso. Pensamos en "html" y no en medio de transporte y allí reside el error. Internet es la Web, un teléfono, una nevera que hace la compra sola, un medio por el que ver un programa en la televisión, hasta el método de proyección para una sala de cine. Es la herramienta, no el contenedor.

Acabado este inciso y esperando que el sector de la producción no se quede petrificado, creo que el problema más grave del sistema de subvenciones es que se ha convertido en una especie de anestesia para el sector, en vez de ser lo que pretendía ser: un método de apoyo a una industria, pero eso ocurre cuando, con Cultura, se fomenta la actividad de una Industria. Es contradictorio por definición. No es la subvención en sí que sea mala. De hecho, sigue siendo necesaria. Es lo que la subvención genera, en caso de inmovilidad. Rosales habla de amiguismos, es posible. De clientelismo político, también es posible. Yo lo que veo (repito, como espectador) es un cine anclado a su pasado (reciente, eso es cierto), pero que no ha podido adaptarse a los criterios de un público que ha cambiado, mucho. A nivel sociológico, esta España poco tiene que ver con la de principios de los años 80. Por gustos, por costumbres y, sobre todo, por capacidad de recibir la información, algo que ha incrementado de forma exponencial. Si a nosotros, pobres artesanos del marketing, nos cuesta adaptarnos a estos nuevos tiempos en los que no es tu target el que va a ti, sino al revés, no entiendo por qué, desde el cine, se pretenda que las cosas sigan igual que siempre.

Última aportación en este aburrido y largo post. Sobre la Ley de la Igualdad y su incorporación en el mundo del cine. De poco sirve meter con calzador a la mujer, si el propio gremio (y esto pasa en cualquier actividad económica) no abre las puertas a la igualdad en el día a día de la industria.
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jueves, 1 de octubre de 2009

Cuenta la leyenda...

Cuenta la leyenda que Internet, al fin, adelantó a la mítica "caja tonta", la televisión, en inversión publicitaria. ¿Es un hito? ¿Es un dato histórico? ¿O es, sencillamente, algo trivial?

Por un lado, el momento es propicio, debido seguramente a la actual recesión, en la que la inversión publicitaria global ha disminuido considerablemente. Eso es cierto. Pero también es, a mi modo de ver, la constatación de que los medios convencionales hace tiempo que no son, ya, el epicentro de la comunicación.

Pero ¿qué moraleja podemos aprender de esta leyenda? Pues, probablemente, que los que aún se resisten y piensan que todo sigue igual, desaparecerán lentamente del horizonte. Los que creen que el modelo de negocio, la forma de vender y de venderse sigue vinculada a un derecho adquirido no se sabe muy bien ni cómo ni por qué, son fantasmas, cada vez más transparentes, cada vez más menudos. Ya no los vemos. No nos interesan. No llaman para nada la atención, por mucho que griten, ya no tienen voz.

Por supuesto, la moraleja no es ningún momento que "Internet lo es todo". Para nada. Si alguien piensa que los que estamos emocionados con "esto de la nueva era de la comunicación" es que no vemos otra cosa que Internet, pues, otra vez, no se han enterado de nada. Siguen, sordos, por un camino largo y tedioso hacia el cementerio de los mastodontes inútiles e ineptos.

La moraleja es que, hoy y por fin, lo tenemos todo, pero todo, a nuestra disposición. Y que si alguien no quiere acabar siendo ese fantasma, esa especie en extinción, tendrá que pasar por el aro del juicio universal de la gente. La gente opina y decide mucho más de lo que podía pasar hace años. Porque hoy dispone de un sistema de megafonías cruzadas aterrador. "Tu producto es una caca!!" "Tu música es buenísima" "Tu servicio de atención al cliente da asco", etc. etc. Todo forma parte de una gran conversación, en la que los que nos dedicamos a esto no paramos de sorprendernos, estoicos en la búsqueda de la clave para controlarlo todo, quimera de lo imposible, porque la gente cambia de opinión de una forma que da gusto.

Internet, cuenta la leyenda, recibe más dinero en publicidad que la tele. La tele se resiste. "Yo tengo un 28% de share", grita. No entienden algunos que la "caja tonta" ya no es la bola de cristal a la que todo el mundo le consulta pasado, presente y futuro. Es un objeto más, dentro de un conjunto de voces. Es una articulación de un cuerpo con muchas articulaciones, por donde fluye la información, al fin, democráticamente distribuida, con sus cánceres (véase contenidos poco apropiados, exhibiciones xenófobas y pedófilas). Pero, en general, el cuerpo lo alcanza casi todo. Por Internet, por la pantalla grande, por la radio, por la escritura, por miles de herramientas, incluida la televisión.

Hasta el brazo Internet, cada vez más grande, tiene sus puntos flacos. Es torpe. Tiene problemas de ceguera cuando usa banners; se difumina y se disipa a la velocidad de la luz. Pero, moraleja, todo este caos obliga a ser creativos, a intentarlo. Obliga a estamparse contra la pared con tal de hacer las cosas bien, mejor. Hoy, todos estamos pendientes de un juicio mucho más grande y solemne. No tenemos excusas, porque nuestro público sí que dice lo que piensa y es vulgar, grotesco, alegre, inteligente y estúpido a la vez. Es exactamente como todos nosotros. Creadores, expertos en mercadotecnia, autores, vendedores de humo. Honestos y deshonestos. Ésta es la gran moraleja que se extrapola de aquella leyenda que dice que un día en Internet se invertía más en publicidad que en la tele.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Más que un coche

Es oficial. Fernando Alonso será, al fin y tras rumores que han durado casi tres años, piloto oficial de la scuderia Ferrari. El Cavallino Rampante, por segunda vez en su historia, contará con un piloto español, en este caso el mejor de la parrilla actual. Un matrimonio anunciado, con el beneplácito del Santander, próximo sponsor oficial del equipo de Maranello.

Tras todo lo ocurrido en el pasado, me gustaría desearle suerte a Alonso. Formará parte de algo único, indescriptible, y le seguirá una pasión que nunca ha conocido antes. También le insto a asumir una responsabilidad que se le supone a todo piloto en rosso, porque formará parte de la leyenda del automovilismo mundial.

Ferrari es el motor que hace vibrar a niños y mayores, en toda Italia. Es una fe. Es un ruido ensordecedor que hace que todo italiano recuerde la poesía de un doce cilindros que ya pasó a la historia. Es un cura enloquecido que dobla las campanas cada vez que una Rossa llega primera a la meta.

Los que adoramos Ferrari queremos pilotos que lo den todo y más. A Felipe Massa le perdonamos los fallos porque, si hace falta, se la juega. A Kimi Raikkonen no le quisimos nunca, a pesar de ser mejor que el brasileño; le respetamos y le estamos agradecidos por un título ganado in extremis. Pero nada más. Sin embargo, nosotros vivimos por Gilles Villeneuve, por Enzo Ferrari, símbolo de una Italia en reconstrucción, pero que forjó la leyenda que todos admiran.

Pesa mucho, la Rossa. Es un coche difícil de conducir porque te acompañan 60 millones de personas. A lo mejor, no lo celebramos como una victoria de la selección de fútbol. A lo mejor, es que lo llevamos mucho más adentro. Y, a pesar de que la Fórmula 1 actual es un soberano coñazo, cuando vemos a un piloto subido en ese bólido, derrapar por sacarle una centésima más, no podemos evitar vibrar con él.

Forza Alonso! Forza Ferrari!
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martes, 29 de septiembre de 2009

Polanski sí, Polanski no

Leo que la comunidad cinematográfica mundial está haciendo un llamamiento para que la justicia de Estados Unidos indulte a Roman Polanski, a punto de ser extraditado desde Suiza. El director polaco francés fue acusado de haber violado a una menor de edad, allá por el año 1977.

Sinceramente, no sé qué pensar. El hecho es lo suficientemente grave para que no se nos olvide el hecho, la acusación. Se trataba de una niña (porque era una niña, no lo olvidemos) de 14 años. Y, por cierto, Polanski admitió haberse acostado con ella.

Sin querer entrar en el mérito de la disputa judicial, quiero hacer hincapié en que, en su día, Polanski decidió pactar con la fiscalía para luego huir antes de ir a juicio u oír, por lo menos, cuál iba a ser la sentencia y la consecuente condena. Éste, para mí, es el elemento clave de la historia.

Además, a través de lo que parece ser un acuerdo extra judicial, Polanski consiguió que la víctima decidiese no seguir adelante con el proceso (sobre todo en lo que se refiere a la responsabilidad civil). Estoy de acuerdo, eso se consiguió a base de dinero. Pero no quita que un adulto, reconocido cineasta internacional, se acostase con una niña de 14 años (en todo caso un delito). Me da igual que la niña consintiese; me da igual que fuera virgen o no. El delito existe y está, además, admitido por el propio Polanski, quien prefirió huir en vez de asumir las consecuencias.

También se deberían aclarar las turbias circunstancias en las que los hechos ocurrieron (alcohol, drogas, etc.). ¡Con una menor! ¿Dónde coño está el sentido de la responsabilidad? Si hay gente a la que todo este embrollo no le parece lo suficientemente grave, pues apaga y vámonos. De todas formas, como la propia víctima pide que la cosa no vaya a más, creo que Polanski puede asumir perfectamente una condena, mitigada por los años, la acusación particular y la benevolencia de la opinión pública. Lo de haber huido de la justicia, sin embargo, es lo que probablemente más teme Polanski.

Os dejo un artículo de El País, titulado Una explicación legal. Es muy didáctico e imparcial.